SONGFABLE · 1987

Fairytale of New York

THE POGUES FEAT. KIRSTY MACCOLL · 1987 · NEW YORK CITY, USA

TL;DR: La canción navideña más querida del Reino Unido e Irlanda no es una postal de felicidad: es la pelea a gritos de una pareja de inmigrantes irlandeses arruinados en Nueva York, que entre insultos y reproches descubre que, a pesar de todo, todavía se aman. Es la Navidad de los que perdieron, cantada con una honestidad brutal.
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La canción navideña que empieza en una celda de borrachos

Olvida los trineos, los renos y la nieve perfecta. "Fairytale of New York" abre con un hombre durmiendo la borrachera en una celda policial de Nueva York la víspera de Navidad. Desde ahí, la canción se despliega como una película en blanco y negro: un viejo borracho canta una balada irlandesa, el protagonista recuerda a la mujer que ama —o que amó— y de pronto estamos dentro de la memoria de una pareja que llegó a América con los bolsillos llenos de sueños y terminó con las manos vacías.

Y aquí está la primera sorpresa: esta canción amarga, llena de insultos, alcohol, heroína y promesas rotas, es votada año tras año como la mejor canción navideña de todos los tiempos en el Reino Unido e Irlanda. Cada diciembre vuelve a las listas de éxitos británicas, algo que ha logrado más de quince veces desde su lanzamiento en 1987. ¿Cómo es posible que una "antinavidad" se haya convertido en el himno navideño definitivo? La respuesta está en algo que cualquier oyente latinoamericano entiende de inmediato: las fiestas de verdad no son perfectas. Son nostalgia, son familia que discute, son brindis con lágrimas. Son José Alfredo Jiménez en versión irlandesa.

Dos años de parto y una apuesta perdida

The Pogues eran, a mediados de los ochenta, la banda más caótica y brillante de Londres: hijos de la diáspora irlandesa que mezclaban la música tradicional celta con la furia del punk. Su líder, Shane MacGowan, era un poeta genial con los dientes destrozados y una sed legendaria, capaz de escribir versos que parecían sacados de Brendan Behan o de una cantina de Dublín a las tres de la mañana.

La historia del origen tiene varias versiones —como toda buena leyenda—, pero la más contada dice que todo empezó con una apuesta: Elvis Costello, entonces productor de la banda, supuestamente retó a MacGowan y al banjista Jem Finer a escribir un dueto navideño que no fuera empalagoso. Finer trajo la idea inicial (se dice que su esposa le sugirió convertirla en la historia de una pareja en crisis), y MacGowan la transformó en un guion cinematográfico en miniatura. El título lo tomaron prestado de la novela "A Fairytale of New York" del escritor irlandés-americano J.P. Donleavy.

La canción tardó más de dos años en completarse. Hubo demos fallidos, arreglos descartados y un problema mayúsculo: ¿quién cantaría la parte femenina? La primera versión la grabó Cait O'Riordan, bajista de la banda, pero se fue del grupo antes de que la canción estuviera lista. Fue el productor Steve Lillywhite quien tuvo la idea ganadora: llevarse la cinta a casa y pedirle a su esposa, la cantante Kirsty MacColl, que grabara una guía vocal. Lo que MacColl entregó no fue una guía: fue una actuación perfecta, mordaz y tierna a la vez, que convirtió el dueto en una batalla de iguales. MacGowan diría después que ella cantó la parte mejor de lo que él jamás imaginó.

Para los lectores mexicanos hay un eco cultural inevitable: esta es, en esencia, una canción de despecho y cantina, prima hermana del bolero trágico y de la ranchera de desamor. Si "Ella" de José Alfredo Jiménez se hubiera escrito como dueto, ambientada en la Nueva York de los emigrantes, con violines celtas en lugar de mariachi, sonaría muy parecida a esto. La diáspora irlandesa y la mexicana comparten el mismo corazón: gente que cruzó a Estados Unidos persiguiendo una promesa, y que canta sus derrotas con orgullo y humor negro.

Lo que realmente cuenta la canción

La estructura es una obra maestra de narrativa comprimida. Primer acto: el hombre, detenido por borracho en Nochebuena, escucha a otro preso entonar una vieja canción irlandesa y se pone sentimental. Ha tenido un golpe de suerte en las apuestas y sueña con que este año, por fin, las cosas saldrán bien para él y para su mujer.

Segundo acto: el recuerdo. La canción salta hacia atrás, a la llegada de la pareja a Nueva York. Ella recuerda la primera noche: él le tomó la mano, le prometió Broadway, y la ciudad entera parecía hecha de música. Los coches eran enormes, los vientos helados, y hasta los borrachos del coro de la policía de Nueva York parecían cantar para ellos. Era el sueño americano en su versión más embriagadora: la sensación de que el futuro les pertenecía. Él le dice que podría haber sido alguien; ella responde que eso lo puede decir cualquiera. Es la línea que define toda la canción: la distancia entre lo que pudimos ser y lo que somos.

Tercer acto: el derrumbe. Los años pasaron y el sueño se pudrió. Él cayó en la bebida; ella, según sugiere la letra, en las drogas, conectada a un suero en una cama de hospital. Y entonces estalla la pelea: se gritan los insultos más crueles que dos personas que se conocen demasiado bien pueden lanzarse. Es la parte más famosa y más controvertida de la canción —un intercambio de groserías que ninguna otra canción navideña se atrevería a incluir—. Ella le desea que esta Navidad sea la última que pasen juntos, rogando a Dios que así sea.

Y sin embargo —cuarto acto— llega la reconciliación, o algo parecido. Él insiste en que la sigue queriendo. Ella le reprocha que él se llevó sus sueños cuando la conoció, que apostó su futuro al de él y lo perdió todo. Y él responde con uno de los versos más hermosos jamás escritos en una canción popular: le dice que él guardó esos sueños junto con los suyos propios, que no puede salir adelante solo, porque construyó sus sueños alrededor de ella. No es un final feliz. Es algo mejor: un final verdadero. Dos personas rotas que se hicieron daño y que, aun así, siguen siendo el hogar la una de la otra.

Mientras tanto, de fondo, las campanas repican y el coro de la policía de Nueva York canta sobre la bahía de Galway —el puerto irlandés del que tantos emigrantes zarparon—. La Navidad sigue ocurriendo alrededor de ellos, indiferente y hermosa.

De single rebelde a monumento nacional

"Fairytale of New York" salió en noviembre de 1987 y peleó por el codiciado número uno navideño británico contra los Pet Shop Boys. Perdió —se quedó en el número dos, algo que MacGowan reportedly comentó con su humor ácido habitual—, pero ganó la guerra larga: fue número uno en Irlanda y, con las décadas, se convirtió en la canción navideña más reproducida del siglo XXI en el Reino Unido. Cada diciembre reaparece en las listas como un fantasma puntual.

El video, dirigido por Peter Dougherty, añadió capas a la leyenda: el actor Matt Dillon aparece como el policía que arrastra a MacGowan a la celda, y se cuenta que el rodaje en Nueva York fue tan caótico como cabía esperar de la banda. La toma final de MacGowan y MacColl bailando torpemente bajo la nieve es uno de los momentos más conmovedores del videoclip de los ochenta.

La tragedia también forma parte de la historia. Kirsty MacColl murió en diciembre del año 2000, en Cozumel, México, en un accidente que conmocionó al mundo de la música: fue golpeada por una lancha rápida mientras buceaba con sus hijos en una zona restringida del arrecife. Empujó a su hijo fuera de la trayectoria de la embarcación y salvó su vida a costa de la propia. Su madre, Jean MacColl, encabezó durante años la campaña "Justice for Kirsty" exigiendo que se esclareciera la responsabilidad del accidente, un caso que tuvo amplia cobertura en la prensa mexicana y británica. Para los fans de México, la canción carga desde entonces un peso adicional: la voz femenina más memorable de la Navidad anglosajona se apagó en aguas del Caribe mexicano. Cada diciembre, cuando suena su voz, suena también ese duelo. Shane MacGowan, por su parte, falleció en noviembre de 2023; en su funeral en Irlanda, la iglesia entera —con Nick Cave, Glen Hansard y media nación mirando— cantó y bailó "Fairytale of New York" entre los pasillos, transmitido en vivo a todo el país. Pocas canciones reciben un adiós así.

También hay polémica: en años recientes, la BBC y otras emisoras han debatido si censurar ciertos insultos de la letra, lo que desató cada diciembre una guerra cultural en miniatura. MacGowan defendió que las palabras pertenecían al personaje, no a él: una mujer de esa época y esa desesperación hablaría exactamente así. La propia MacColl, en presentaciones televisivas, ya había suavizado algún verso en vida.

Por qué sigue doliendo (y abrazando) hoy

Hay una razón profunda por la que esta canción cruza fronteras y generaciones, y es especialmente legible desde América Latina: es la gran canción del migrante. Habla de salir de tu tierra con todo por ganar, de la ciudad que te deslumbra y luego te mastica, de envejecer lejos de casa, de la nostalgia que se concentra en diciembre como en ningún otro mes. Cualquier familia mexicana con parientes en Nueva York, Chicago o Los Ángeles conoce esa llamada telefónica de Nochebuena donde la alegría y la tristeza son la misma cosa. Los irlandeses de los años cuarenta y los latinos de hoy hicieron el mismo viaje con distinto acento.

Además, la canción rompe el contrato falso de la música navideña: que en diciembre todos debemos fingir felicidad. "Fairytale of New York" da permiso de llegar a la Navidad roto, endeudado, peleado, con resaca o con el corazón hecho pedazos, y aun así cantar. Por eso en los pubs de Dublín, Londres —y cada vez más en bares de la Condesa o de Buenos Aires donde alguien la pone— la gente se abraza al cantarla: no celebra la perfección, celebra la supervivencia.

Y musicalmente es simplemente perfecta: ese piano inicial lento como una confesión, el estallido del vals celta con tin whistle y acordeón, el contrapunto de las dos voces —la de MacGowan, arrastrada y herida; la de MacColl, cristalina y filosa— y ese instrumental final que suena a todos los barcos que alguna vez salieron de Galway, de Veracruz o de cualquier puerto del que la gente se va para no volver. Es un cuento de hadas, sí, pero de los originales: de los que tienen lobos, inviernos y finales agridulces. Por eso es eterno.


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