SONGFABLE · 2017

Drew Barrymore

SZA · 2017

TL;DR: No es una canción sobre la actriz. SZA usa el nombre de Drew Barrymore como atajo para un tipo de mujer —desordenada, torpe, insegura— a la que el cine de los noventa siempre perdonaba y hasta premiaba, y se pregunta en voz alta por qué a ella nadie le ofrece ese mismo permiso.
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El gancho: el título es una trampa hermosa

Hay canciones que llevan un nombre propio porque cuentan la historia de esa persona. "Drew Barrymore" no es una de ellas. Aquí no hay biografía de la actriz, ni homenaje a E.T., ni guiño a Los Ángeles de Charlie. Lo que hay es una mujer de veintitantos sentada en el borde de una cama ajena, haciendo inventario de todo lo que cree que está mal en ella: cómo se ve, cómo huele, cómo se comporta, si está tomando demasiado, si es la primera opción o apenas la que quedaba disponible.

El nombre funciona como una imagen mental instantánea. Piensa en las protagonistas que Drew Barrymore interpretó una y otra vez a finales de los noventa y principios de los dosmiles: la periodista que vuelve a la preparatoria y sigue siendo el hazmerreír, la novia abandonada en el altar, la chica que se despierta cada mañana sin memoria. Mujeres que llegan tarde, que se tropiezan, que dicen lo que no deben, que se ven medio despeinadas y aun así son el centro emocional de la película. Nadie las castiga por ser un desastre. El desastre es, de hecho, su encanto.

SZA toma esa plantilla y la sostiene contra su propio reflejo. La pregunta implícita, la que hace que la canción duela tanto en el segundo minuto, es: ¿por qué a ellas ese caos las vuelve adorables y a mí me vuelve descartable? Ahí está el verdadero tema. No es una canción de desamor. Es una canción sobre a quién se le concede el derecho de ser imperfecta.

Antecedentes: la chica de Nueva Jersey que casi tira la toalla

Solána Imani Rowe creció en Maplewood, Nueva Jersey, en una casa donde la disciplina y la fe pesaban. Según se ha contado, su padre trabajó en televisión y su madre en el mundo corporativo; ella creció asistiendo a escuela musulmana y usando hijab, algo que dejó tras los ataques del 11 de septiembre por el acoso que empezó a recibir. Estudió biología marina antes de abandonarla, trabajó en tiendas y en un bar de sushi, y llegó a la música casi por accidente, cantando sobre pistas que le pasaban amigos productores.

Terminó firmando con Top Dawg Entertainment —el sello de Kendrick Lamar, ScHoolboy Q y Jay Rock— como su primera artista mujer, lo cual la puso en una posición extraña: la única voz femenina dentro de una casa de rap masculino y competitivo, con EPs bien recibidos (See.SZA.Run, S, Z) pero sin el álbum grande que todos esperaban.

Ese álbum tardó años. Y casi no existe. En 2016 SZA escribió públicamente que renunciaba a la música, frustrada por los retrasos y por su propia obsesión con corregir cada detalle. Se ha contado que Terrence "Punch" Henderson, presidente del sello, terminó quitándole el disco duro para poder cerrar el disco, porque de otro modo ella habría seguido regrabando para siempre. De esa fricción salió Ctrl, publicado en junio de 2017: un álbum cuyo título mismo apunta al control que no se tiene, sobre el propio cuerpo, sobre el propio corazón, sobre la propia carrera.

En ese contexto, "Drew Barrymore" no es un ejercicio conceptual. Es el sonido de alguien que llevaba años sintiéndose insuficiente y decidió grabarlo tal cual, con la guitarra sucia y la voz sin maquillar, sobre una producción construida junto a colaboradores cercanos de su círculo, entre ellos Carter Lang y ThankGod4Cody.

Un gancho para el oído latinoamericano: aquí hay una conexión que casi nadie nota. Drew Barrymore es, para varias generaciones en México y Latinoamérica, una cara de la televisión abierta y del cable de tarde. Nunca me han besado, Como si fuera la primera vez, Los Ángeles de Charlie, El cantante de bodas: películas dobladas al español que pasaban en Canal 5, en Cinecanal, en TNT, los domingos, en repetición eterna. Es decir, el público latino conoce perfectamente el arquetipo que SZA está invocando, aunque nunca haya leído una sola línea de análisis sobre él. Uno creció viendo a esa mujer despeinada ganarse al galán. La canción funciona porque el archivo emocional ya estaba instalado.

Lo que realmente dice la canción

Sin citar una sola línea, esto es lo que ocurre dentro del texto.

La narradora está en una relación que no es una relación. Hay intimidad física, hay presencia, pero no hay título ni certeza. Ella sabe —o sospecha— que existe alguien más, y sabe que ella misma no es la elección principal. En lugar de exigir claridad, hace algo mucho más humano y mucho más triste: empieza a disculparse. Se disculpa por su aspecto. Se disculpa por su comportamiento. Se disculpa por hablar de más, por beber de más, por necesitar de más. Convierte la inseguridad en una lista de defectos ofrecida por adelantado, como quien avisa de los desperfectos antes de vender un coche usado.

Hay un detalle brutal en el corazón del texto: la mención de cosas mínimas y domésticas, higiénicas, casi vergonzosas de decir en voz alta. Es el tipo de detalle que normalmente se edita fuera de una canción de amor. SZA lo deja adentro precisamente porque el punto es la falta de filtro, el momento en que la ansiedad ya no distingue entre lo importante y lo ridículo, y todo se vuelve prueba de que uno no merece ser querido.

Después llega el giro. Junto a las disculpas aparece una constatación amarga: ella está disponible, está presente, está dispuesta, y aun así el otro sigue mirando hacia otro lado. La narradora no es la villana ni la santa; es la persona que se quedó esperando en un departamento que no es suyo, preguntándose si su cuerpo, su olor, su risa o su cansancio fueron el problema.

Y ahí es donde el nombre del título cierra el circuito. Si fuera una película de los noventa, esta desordenada, esta insegura, esta que dice lo que no debe, sería la heroína. La cámara estaría de su lado. Habría música alegre y un beso bajo la lluvia. Pero no es una película. Es una habitación real, un teléfono que no vibra, y una mujer negra a la que el mundo no le extendió el mismo contrato de simpatía que le extendió a la rubia torpe del cine. Esa asimetría —quién puede permitirse ser un desastre encantador y quién no— es la lectura que críticos y fans han señalado desde el primer día, y es lo que convierte una canción de inseguridad amorosa en algo cultural.

Contexto cultural: el archivo detrás del nombre

Vale la pena recordar quién es Drew Barrymore en la vida real, porque el símbolo tiene doble fondo. Nieta de una dinastía actoral, estrella infantil a los siete años con E.T., entró a rehabilitación siendo adolescente, publicó una autobiografía sobre su caída antes de cumplir quince, se emancipó legalmente de sus padres y luego —contra todo pronóstico— se reconstruyó como productora y como la comedia romántica personificada de toda una década. Es decir: el arquetipo de "la chica desordenada a la que todo se le perdona" está encarnado por alguien que efectivamente sobrevivió a un desastre público y salió del otro lado con una carrera.

Ese subtexto de supervivencia es lo que hace que la elección del nombre sea generosa y no burlona. SZA no se está riendo del arquetipo; lo está deseando. Quiere el final feliz que ese arquetipo garantiza.

Ctrl explotó de una manera que casi nadie anticipó. Se convirtió en el disco de cabecera de una generación entera que hablaba de terapia, de ansiedad y de relaciones ambiguas con un vocabulario que el R&B anterior no usaba. El álbum recibió cinco nominaciones al Grammy en 2018 y no ganó ninguna, algo que se comentó durante años como un símbolo de lo desfasada que estaba la Academia. Como dato curioso, se ha reportado que "Drew Barrymore" fue nominada en una categoría de rock, una clasificación que desconcertó a medio internet y que, vista de lejos, dice bastante sobre lo difícil que resultaba encasillar el disco.

El video, dirigido por Dave Meyers y estrenado meses después del álbum, tradujo la idea a imagen: SZA caminando por Nueva York con una ropa que no le queda, visiblemente fuera de lugar entre gente que sí parece saber a dónde va, hasta encontrarse con la propia Drew Barrymore en un cameo que funciona como bendición. La actriz, en la práctica, valida el préstamo de su nombre.

Por qué sigue resonando

Casi una década después, la canción no ha envejecido porque el sentimiento que retrata se volvió más común, no menos. La era del situationship —esa relación sin nombre, sin definición y sin salida clara— encontró en "Drew Barrymore" su documento fundacional. Antes de que existiera el vocabulario de TikTok para describirlo, SZA ya había puesto la sensación exacta en cuatro minutos: estar con alguien y sentirse sola al mismo tiempo.

También sobrevive por su honestidad física. Muchas canciones hablan de corazones rotos; muy pocas hablan del cuerpo que carga ese corazón, de la vergüenza concreta de sentirse poco atractiva a las tres de la mañana. Esa especificidad es la que hace que la gente la reclame como propia.

Y hay una tercera razón, más política y más silenciosa: la canción abrió una puerta. Después de Ctrl, toda una generación de artistas —de Summer Walker a Kali Uchis, de Jorja Smith a las nuevas voces del R&B alternativo en español— pudo escribir desde la duda en lugar de escribir desde el poder. La confianza dejó de ser el único registro permitido. Se volvió aceptable cantar "no sé si valgo lo suficiente" sin que eso significara derrota.

El giro final, el que casi nadie menciona, es que la canción termina siendo lo contrario de lo que describe. Una mujer que se pasa cuatro minutos catalogando sus insuficiencias produjo con eso una de las piezas más queridas de su generación. El desastre, después de todo, sí se volvió encantador. Solo que tardó un poco más en llegar el reconocimiento.


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