SONGFABLE · 2015

Cherry Wine

HOZIER · 2015

TL;DR: Suena como la canción de amor más dulce del repertorio de Hozier, pero en realidad es el retrato de una relación con violencia doméstica narrado desde adentro, por alguien que todavía busca excusas para quien lo lastima. Y con un giro que casi nadie espera: la víctima es él.
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El engaño más hermoso del catálogo de Hozier

Hay canciones que te tienden una trampa, y "Cherry Wine" es de las mejores construidas que existen. La guitarra entra sola, tibia, con esa afinación abierta que suena a domingo por la mañana. Se escuchan pájaros de fondo —pájaros reales, grabados al aire libre— y una voz que parece estar contándote un secreto agradable. Durante años, parejas de medio mundo la eligieron para su primer baile de bodas. Se volvió el fondo musical de miles de videos de aniversario, de pedidas de mano, de fotos con filtro sepia.

Y casi todos se equivocaron.

"Cherry Wine" no es una canción de amor. Es una canción sobre cómo el lenguaje del amor y el lenguaje de la violencia pueden llegar a sonar exactamente igual cuando estás dentro de la relación equivocada. El narrador describe golpes con la misma ternura con la que otro describiría caricias. Habla de sangre como si hablara de vino. Y encima —esto es lo que la hace tan incómoda y tan importante— justifica, minimiza, protege a quien lo está lastimando. La melodía no es un error de tono: es el punto entero de la canción. Así se escucha por dentro la mente de alguien que todavía no puede llamarle a las cosas por su nombre.

Cuando entiendes eso, la dulzura de la canción deja de ser dulzura y se convierte en otra cosa. En un escalofrío.

De Bray a una azotea al amanecer

Andrew John Hozier-Byrne nació en 1990 en Bray, un pueblo costero del condado de Wicklow, al sur de Dublín, ese tipo de lugar irlandés donde el mar está gris casi todo el año y la música es el deporte local. Su padre era baterista de blues, así que Andrew creció con Muddy Waters, John Lee Hooker y Nina Simone sonando en la casa antes de entender de qué hablaban esas canciones. Estudió música en Trinity College Dublin y abandonó la carrera para grabar demos. Cantó también con Anúna, el grupo coral irlandés, lo que explica esa cosa casi litúrgica que tiene su voz cuando se apila sobre sí misma.

En 2013 subió a internet "Take Me to Church" y el mundo se le vino encima. El video, sobre violencia homofóbica, se volvió viral; llegó la nominación al Grammy a Canción del Año en 2015 y de pronto un tipo de Wicklow que grababa en el ático de sus papás estaba en los escenarios más grandes del planeta. Su disco debut homónimo, publicado a finales de 2014, contenía escondida esta canción pequeña y aparentemente inofensiva.

Lo bonito del origen de "Cherry Wine" es su fragilidad técnica. Según se ha contado, la versión que todos conocemos se grabó en vivo, prácticamente de una toma, en una azotea en Irlanda de madrugada, y los pájaros que se oyen no son un efecto de estudio: es el amanecer entrando en la grabación. Hozier ha explicado que quería que la canción sonara íntima hasta el punto de la vulnerabilidad, sin red, sin producción que la protegiera. El resultado es que uno siente que está sentado a un metro de él. Es una decisión brillante para una canción sobre secretos que se cuentan en voz baja.

Para el oído latinoamericano hay un puente cultural que hace que esta canción golpee distinto. México y buena parte de América Latina tienen una tradición larguísima de canciones donde el amor y el dolor se confunden a propósito: el bolero que celebra la herida, la ranchera donde el trago y el llanto son la misma cosa, José Alfredo Jiménez convirtiendo la humillación en poesía, Juan Gabriel haciendo del abandono un himno de cantina. Crecimos con una gramática sentimental que dice que si no duele no era amor. Y crecimos también con frases heredadas —esas que las abuelas repetían medio en broma, "si te pega es porque te quiere"— que hoy sabemos que no eran broma nunca. "Cherry Wine" toma esa misma gramática, la del amor que duele, y la lleva hasta su conclusión más honesta y más brutal: a veces el dolor no es metáfora. A veces es un moretón. Escuchada desde acá, la canción no suena extranjera; suena a algo que ya sabíamos y preferíamos no nombrar.

Hozier, por cierto, ha tocado varias veces en México y su público latinoamericano es de los más devotos que tiene: en sus shows en Ciudad de México se le ha visto genuinamente desarmado por lo fuerte que canta la gente.

Lo que de verdad está diciendo

La letra funciona como una traducción defectuosa hecha a propósito. Todo lo que en la relación es agresión, el narrador lo convierte en imagen doméstica y apetecible: las marcas en su piel se describen con el color y la calidez de una bebida, el momento de la violencia se relata con la cadencia de un ritual nocturno compartido, el miedo se disfraza de anticipación. Es un ejercicio de eufemismo sostenido durante casi cuatro minutos, y precisamente por eso es tan efectivo: nunca se dice la palabra que todos estamos pensando.

También hay un movimiento constante de defensa. El narrador se apura a aclarar que ella no es así siempre, que él conoce su lado bueno, que hay algo en él que provoca esas reacciones, que nadie de afuera podría entenderlo. Cualquiera que haya acompañado a alguien en una relación abusiva reconoce ese guion palabra por palabra. La canción no juzga a su propio protagonista: lo deja hablar, y en dejarlo hablar lo expone.

El detalle que reorganiza todo lo demás es el género. En "Cherry Wine" quien recibe la violencia es un hombre y quien la ejerce es una mujer. No es un giro decorativo. Es la razón por la que la canción se ha usado tanto en campañas de concientización: en la conversación pública sobre violencia doméstica, los hombres que la sufren suelen quedarse sin vocabulario y sin permiso social para hablar. Se les dice que exageran, que se defiendan, que qué vergüenza. Hozier construyó un personaje que no puede pedir ayuda porque ni siquiera tiene un lenguaje disponible para describir lo que le pasa —y lo hizo sin restarle un gramo de gravedad al hecho, mucho más frecuente en las estadísticas, de que la mayoría de las víctimas son mujeres.

Hay una lectura adicional que la canción sostiene bien: la de la adicción. El título mismo apunta a una sustancia dulce que se toma de noche, que calienta, que nubla el juicio y de la que cuesta salir. La relación descrita funciona igual. No se queda por tonto; se queda porque hay algo ahí que le sabe bien y que confunde el retiro con la abstinencia.

El video con Saoirse Ronan y lo que vino después

El 14 de febrero de 2016 —Día de San Valentín, elección que no fue casual— se publicó el video de la versión en vivo de "Cherry Wine". Lo protagonizan dos actores irlandeses: Saoirse Ronan, entonces recién nominada al Óscar por Brooklyn, y Moe Dunford. Dirigido por Dearbhla Walsh, el clip muestra una pareja en un departamento, con la cámara siguiendo los pequeños gestos cotidianos hasta que el ambiente cambia y la violencia aparece. Publicarlo el día en que el mundo entero celebra el romance fue, en sí mismo, una declaración editorial.

Alrededor de ese lanzamiento se articuló una campaña benéfica: lo recaudado por la canción se destinó a organizaciones que trabajan contra la violencia doméstica, entre ellas Safe Ireland en su país natal, junto con socios en otros territorios. La idea era que la canción dejara de ser un objeto de contemplación estética y se convirtiera en una herramienta. Funcionó lo suficiente como para que hoy "Cherry Wine" aparezca con regularidad en materiales de sensibilización, talleres escolares y líneas de ayuda.

El legado más curioso, sin embargo, sigue siendo el malentendido. La canción continúa apareciendo en listas de "canciones para tu boda", y cada cierto tiempo alguien publica en redes el descubrimiento tardío de lo que dice realmente, con reacciones que van del horror a la risa nerviosa. Ese ciclo se repite desde hace una década. En vez de arruinar la canción, lo que ha hecho es multiplicar su alcance: cada persona que la entiende mal y luego la entiende bien se convierte en alguien que ya no puede escuchar una canción de amor sin preguntarse qué está describiendo exactamente.

Por qué sigue doliendo hoy

Diez años después, "Cherry Wine" resiste porque no envejeció como denuncia sino como retrato psicológico. Las campañas cambian de eslogan cada temporada; la mecánica de la negación no cambia nunca. Sigue habiendo gente que explica las marcas como accidentes, que aprende a leer el humor ajeno como quien lee el clima, que sostiene la versión oficial de su propia casa frente a los amigos.

En América Latina la canción tiene además una carga que en Irlanda no tenía. Es imposible escucharla en México, Argentina, Colombia o Chile sin que resuenen los movimientos que en la última década pusieron la violencia de género en el centro de la conversación pública: las marchas, los pañuelos, los nombres leídos en voz alta. "Ni una menos" cambió lo que una canción así significa cuando suena en una bocina de la Ciudad de México. Y al mismo tiempo, el hecho de que Hozier haya elegido a un hombre como víctima abre una puerta que en la región apenas se está entreabriendo: la de los hombres que no denuncian porque el mandato de fortaleza se los impide.

Después están las razones puramente musicales. La guitarra en afinación abierta que respira como si nadie la estuviera vigilando. Los pájaros del amanecer, que son el único testigo neutral de toda la escena. La voz que nunca sube el volumen, ni siquiera cuando lo que cuenta pediría un grito. Esa contención es lo que la vuelve reproducible al infinito: puedes ponerla de fondo mientras cocinas y no molesta, y puedes ponerte los audífonos a las tres de la mañana y arruinarte la noche.

Pocas canciones logran las dos cosas. Y ninguna lo hace sonando tan bonito.


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