SONGFABLE · 2021

Solar Power

LORDE · 2021 · AUCKLAND, NEW ZEALAND

TL;DR: "Solar Power" suena a himno de verano, pero en realidad es una despedida: Lorde renuncia a la fama, apaga el teléfono y se convierte —con una sonrisa medio irónica— en una especie de gurú playera que no promete salvarte. Es una canción sobre huir del ruido, contada con la calidez del sol y un dejo de burla hacia quienes venden iluminación.
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El truco del sol: una canción alegre que en realidad se está despidiendo

Hay canciones que te engañan a propósito. "Solar Power" es una de ellas. Los primeros segundos son guitarra acústica seca, palmas, ese aire de fogata en la playa que asociamos con vacaciones. Suena a comercial de bloqueador solar. Y sin embargo, si escuchas con atención lo que Lorde está diciendo, la canción es un acta de renuncia: la artista neozelandesa que a los dieciséis años había definido el sonido del pop melancólico global anuncia que se baja del carrusel.

La sorpresa no es que quiera vacaciones. La sorpresa es el tono. Lorde no se despide llorando ni haciendo una balada de piano sobre el precio de la fama. Se despide bailando, descalza, invitándote a que dejes el teléfono en la arena. Y al mismo tiempo, con una sonrisa torcida, se ríe de sí misma por asumir el papel de guía espiritual. Ella lo ha dicho en entrevistas: el personaje de la canción es una líder que quizá no sabe adónde va, alguien que se autoproclama iluminada mientras tú decides si la sigues o no.

Esa doble lectura —celebración sincera y parodia del wellness— es lo que hace que "Solar Power" siga generando discusión años después. Para el público latinoamericano, acostumbrado a canciones de verano que no piden permiso para ser felices, esta resulta desconcertante: es alegre, sí, pero la alegría viene con letra chica.

De la adolescente de "Royals" a la mujer que quiso desaparecer

Para entender la canción hay que entender de dónde venía Ella Yelich-O'Connor, la joven de Devonport, un suburbio costero de Auckland, Nueva Zelanda. En 2013, con "Royals", hizo algo que casi nadie logra: una adolescente de un país pequeño, lejos de los centros de la industria, se coló al número uno global con una canción minimalista que se burlaba del lujo del hip hop y el pop de la época. En América Latina esa canción sonó en todas partes: en radios de Ciudad de México, en fiestas en Bogotá, en supermercados de Buenos Aires. Y sonó justo cuando el reggaetón y el pop latino estaban en plena expansión de opulencia visual, lo que hizo que su austeridad se sintiera aún más extraña y magnética.

Después vino Melodrama (2017), un disco sobre una fiesta que se descompone, sobre las horas de la madrugada y el desamor a los veinte años. Fue aclamado por la crítica, quedó nominado al Grammy a Álbum del Año y consolidó a Lorde como la voz de una generación que sentía demasiado.

Y entonces desapareció. Cuatro años de silencio casi total. Sin redes activas, sin singles, sin apariciones. Durante ese tiempo hizo cosas que, contadas después, suenan a guion de película: pasó temporadas en su casa de Nueva Zelanda, viajó a la Antártida en un viaje científico sobre el cambio climático, escribió un pequeño libro fotográfico sobre esa experiencia, perdió a su perro Pearl —una pérdida que, según ella misma ha contado, la dejó sin capacidad de escribir durante un buen rato— y aprendió a nadar en el mar frío del hemisferio sur casi como una rutina terapéutica.

El disco que salió de todo eso, también llamado Solar Power, se grabó en buena parte con Jack Antonoff, su colaborador de confianza, entre sesiones en Estados Unidos y en Nueva Zelanda. La canción que le da nombre se publicó en junio de 2021, en pleno invierno neozelandés pero en pleno verano del hemisferio norte, un detalle que a Lorde le divirtió: lanzaba un himno solar mientras en su casa hacía frío.

Hay un dato que a los oyentes de México y Latinoamérica les resulta especialmente cercano: el video musical se filmó en Bethells Beach, en la costa oeste de Auckland, con arena negra volcánica. Quien haya estado en las playas de arena oscura de Michoacán, en Costa Rica o en el Pacífico colombiano reconoce esa textura extraña: no es la postal caribeña de arena blanca, es una playa con carácter, de olas fuertes y luz dura. Lorde eligió esa playa porque es la suya, la de su infancia, no una playa de catálogo.

Lo que la canción está diciendo realmente

Vamos a decodificarla sin citar una sola línea.

La canción arranca con una escena mundana: alguien está harto del clima gris, del encierro, de la vida interior. Llega el calor y con él una transformación. La protagonista describe cómo el sol la cambia físicamente —la piel, el cuerpo, el ánimo— y cómo ese cambio la vuelve otra persona, más libre y menos disponible para el mundo.

El gesto central, el que todo el mundo recuerda, es el del teléfono: la protagonista anuncia que va a tirar el celular al agua. Es una imagen sencilla y brutal. No dice "voy a hacer detox digital"; dice que el aparato se hunde. En 2021, con el mundo saliendo del confinamiento y con todos exhaustos de pantallas, ese gesto funcionó como una fantasía colectiva.

Después la canción cambia de registro. La voz que canta se presenta como una especie de líder, alguien que puede guiar a otros hacia la luz. Habla de tener poderes, de ser una presencia solar. Y aquí es donde está la trampa: el tono es tan exagerado, tan de sacerdotisa de retiro espiritual, que la propia canción se está burlando de la industria del bienestar. De los coaches, de los gurús de Instagram, de las marcas que venden paz interior con envase reciclado. Lorde ha explicado que quiso construir a una figura carismática y ligeramente sospechosa, una guía que te lleva a la playa pero no garantiza nada al llegar.

Hay también un rechazo explícito al ruido del pop moderno. La protagonista se distancia de la cultura de la validación, del estar disponible, de la conversación permanente. Prefiere el silencio, el agua, la gente que quiere de verdad. Y hacia el final, la canción se disuelve en coros luminosos —con voces de invitadas como Clairo y Phoebe Bridgers— que suenan a comunidad, a secta feliz, a grupo de amigas caminando hacia el mar. Ese final es deliberadamente ambiguo: puede leerse como liberación o como el momento en que el culto se cierra sobre sí mismo.

La producción refuerza todo esto. Es una canción sin batería contundente en gran parte de su duración, construida sobre guitarra acústica, palmas y capas de voces. Suena orgánica, casi casera. Muchos oyentes notaron de inmediato el parecido de estructura con cierto pop soleado de los noventa —hubo comparaciones con "Loaded" de Primal Scream y con material de George Michael—, y esas referencias no son accidentales: Lorde estaba buscando el sonido del casete que suena en un coche viejo camino a la costa.

El contexto: un disco que dividió al mundo

"Solar Power" llegó en un momento muy particular. Junio de 2021: vacunación desigual, fronteras cerradas, gente en América Latina llevando más de un año sin ver el mar. Que Lorde apareciera saltando en una playa neozelandesa, sonriendo, con ropa amarilla, cayó de maneras muy distintas según dónde estuvieras. Para algunos fue oxígeno. Para otros fue casi provocador.

La recepción del disco fue genuinamente dividida. Parte de la crítica lo consideró un trabajo maduro, sutil, un ejercicio deliberado de bajar el volumen después de la intensidad de Melodrama. Otra parte lo encontró tibio, sin ganchos, demasiado cómodo. Comercialmente rindió menos que sus predecesores, y la propia Lorde reconoció después, en su boletín para seguidores, que el disco había sido malentendido por mucha gente y que ella misma había subestimado cuánto necesitaban sus oyentes la catarsis, no la calma.

Con el paso del tiempo, sin embargo, el álbum ha ganado defensores. Hay una relectura bastante extendida que lo entiende como un disco de transición necesario: el momento en que una artista que se hizo famosa siendo adolescente decide, en público, dejar de actuar el papel que la hizo famosa. Visto así, la canción no es una canción de verano fallida; es una carta de renuncia disfrazada de canción de verano.

En América Latina, donde la relación con el sol, la playa y el cuerpo está tan cargada de significado cultural —desde el bolero hasta el vallenato, desde el son jarocho hasta el reggaetón de playa—, "Solar Power" ofreció un contraste interesante. Aquí el sol suele ser fiesta, encuentro, comunidad. En la versión de Lorde el sol también es retiro, soledad elegida, incluso una forma de duelo. Es un uso del mismo símbolo con otra gramática, y esa diferencia es parte de lo que la hace fascinante para el oyente hispanohablante.

Vale la pena mencionar además el gesto ecológico: Lorde publicó el álbum sin CD tradicional, apostando por un "Music Box" de cartón reciclado y por el vinilo, argumentando razones ambientales. Fue coherente con el discurso del disco, aunque también generó debate sobre accesibilidad. Y publicó una versión completa del álbum en te reo māori, la lengua indígena de Nueva Zelanda, bajo el título Te Ao Mārama, con las ganancias destinadas a organizaciones locales. Ese detalle —usar el momento de máxima visibilidad para dar espacio a una lengua originaria— resuena fuerte en países donde el náhuatl, el quechua, el guaraní o el maya viven la misma tensión entre supervivencia y olvido.

Por qué sigue pegando hoy

Porque el impulso que describe no se ha ido: sigue habiendo demasiadas notificaciones, demasiada obligación de estar presente, demasiada gente vendiendo tranquilidad a precio de suscripción. La fantasía de tirar el celular al mar no ha envejecido ni un día.

Porque, además, la canción es honesta sobre lo incómodo de esa fantasía. No dice que la naturaleza te va a curar. No promete que si te vas a la playa vas a encontrar sentido. Deja abierta la posibilidad de que la guía luminosa sea, en el fondo, otra vendedora de humo —y que tú, siguiéndola, seas simplemente alguien más que necesitaba creer en algo.

Y porque el sonido, con los años, se ha vuelto más querible. Lo que en 2021 sonaba a anticlímax ahora suena a decisión: una artista global bajando el volumen a propósito, escogiendo la textura de una tarde real sobre el impacto de un estribillo de estadio. En un ecosistema musical que premia el gancho de quince segundos, una canción que se toma su tiempo para llegar a ninguna parte concreta tiene algo casi rebelde.

"Solar Power" no es el mejor single de Lorde. Probablemente ni ella lo diría. Pero es el más revelador: el momento en que decidió que prefería ser una persona con una vida antes que un producto con un calendario. Y lo anunció con palmas y guitarra, para que no se notara tanto.


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