SONGFABLE · 2017

Sign of the Times

HARRY STYLES · 2017

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Sign of the Times - Harry Styles (2017)

TL;DR: No es una canción de amor ni una balada de ruptura. "Sign of the Times" se canta desde la voz de una madre que se está muriendo en el parto y le habla a su hijo recién nacido en los segundos finales de su vida: un mensaje sobre seguir adelante cuando el mundo se cae a pedazos.

El verdadero corazón de la canción no es romántico

Cuando "Sign of the Times" salió en abril de 2017, mucha gente la escuchó como lo que parecía a primera vista: una balada épica, melancólica, perfecta para sentir nostalgia mirando por la ventana de un camión en carretera. Pero la idea que la sostiene es mucho más extraña y mucho más conmovedora. Según ha contado el propio Harry Styles, la letra está escrita desde la perspectiva de una madre que sabe que va a morir dando a luz. Los médicos pueden salvar al bebé o a ella, no a los dos. En esos instantes finales, ella le habla a la criatura que apenas acaba de llegar al mundo.

Ese detalle lo cambia todo. Las frases que suenan a despedida amorosa no se dirigen a un ex pareja, sino a un hijo que tendrá que vivir un mundo que la madre ya no verá. El tono de "no llores, todo va a estar bien aunque claramente no lo esté" deja de ser un cliché de balada y se convierte en algo casi insoportablemente humano: la mentira piadosa más antigua del planeta, dicha por alguien que se está despidiendo. Saber esto antes de volver a escucharla es como ponerse unos lentes nuevos. De repente todo el peso de esos casi seis minutos tiene sentido.

Un chico de Cheshire que tenía que demostrar quién era

Para entender por qué esta fue la primera bala que Harry Styles disparó en solitario, hay que recordar de dónde venía. Styles había sido la cara más reconocible de One Direction, la boy band fabricada en el programa británico The X Factor en 2010 que terminó vendiendo decenas de millones de discos y llenando estadios por todo el mundo, México incluido. Cuando la banda anunció su "pausa indefinida" en 2016, todos los integrantes salieron a buscar su propio camino, y la pregunta flotaba en el aire: ¿qué iba a hacer el chico bonito de los rizos? ¿Pop de radio fácil? ¿Más de lo mismo?

Lo que hizo fue lo contrario de lo seguro. En lugar de un sencillo bailable y pegajoso, eligió como carta de presentación una balada de rock de casi seis minutos, con ecos de David Bowie, de Prince, de los Beatles y de la grandilocuencia de los años setenta. Reportedly, la canción se grabó en buena parte en Los Ángeles y se terminó en otras sesiones, y se dice que la sección instrumental final, ese clímax que crece y crece, fue una decisión deliberada para que sonara enorme, casi como un himno de cierre de concierto. Era una apuesta arriesgada: si fallaba, la prensa lo iba a destrozar.

Y aquí va el gancho cultural para quien lee desde México o Latinoamérica. Harry Styles entendió pronto algo que el público de la región ya sabía de memoria: el lazo entre un ídolo y sus fans no es de una sola vía. Cuando trajo su gira a la Ciudad de México, primero al Palacio de los Deportes y después al Foro Sol con audiencias multitudinarias, se topó con un fenómeno que muchos artistas anglosajones describen como único de la región: el famoso fervor del público mexicano, que canta cada palabra incluso de las baladas más densas, que llora, que ondea banderas y que convierte un concierto en algo más cercano a una peregrinación. Styles ha dicho en repetidas ocasiones lo mucho que le impacta tocar en México, y no es casualidad que una canción sobre despedida, sobre dejar un mensaje a quien se queda, encaje tan bien con una cultura donde la muerte no se esconde, sino que se canta, se adorna y se celebra.

Descifrando la letra sin repetir una sola línea

La canción arranca con una imagen de bienvenida amarga: alguien que llega a un mundo difícil, recibido por una voz que ya sabe que no se quedará mucho tiempo. A partir de ahí, la madre construye su mensaje en capas. Por un lado están las palabras de consuelo, esas que insisten en que hay que mantenerse fuerte, que las lágrimas no servirán de mucho y que tarde o temprano todo encontrará su lugar. Por otro lado está la dolorosa conciencia de que ella no podrá acompañar ese proceso: habla de irse, de un viaje del que no regresará, de un tiempo prestado que se acaba.

El gran tema que recorre todo el texto es la tensión entre el desastre y la esperanza. La voz reconoce que las cosas no están bien, que el mundo al que llega esta nueva vida tiene grietas profundas, que hay razones de sobra para tener miedo. Y aun así, insiste en que vale la pena intentarlo, en que correr, escapar y buscar son verbos que merecen seguir conjugándose. Es la paradoja de cualquier despedida amorosa: querer proteger a quien amas de un dolor que tú ya estás sintiendo, mientras le entregas justo la herramienta para sobrevivirlo, que es el ánimo para continuar.

El título mismo, "Sign of the Times" (señal de los tiempos), funciona en dos niveles. En lo íntimo, es la señal de un momento bisagra, ese instante exacto en que una vida termina y otra empieza. En lo amplio, Styles ha sugerido que la canción también respira la ansiedad colectiva de la época en que se escribió, un periodo marcado por la incertidumbre política y social en buena parte del mundo. Por eso la frase pasa de lo personal a lo generacional sin esfuerzo: el desastre del que habla la madre puede ser su propia muerte, pero también el estado general de un planeta que parece estar siempre al borde de algo.

Una declaración de independencia artística

El impacto de "Sign of the Times" fue inmediato y contundente. Debutó en lo más alto de las listas del Reino Unido y entró fuerte en Estados Unidos, demostrando que Styles podía existir como artista serio fuera de la maquinaria de la boy band. La crítica, que suele ser dura con los exintegrantes de grupos pop, se rindió: la revista Rolling Stone la incluyó entre las mejores canciones del año, y con el tiempo apareció en varias listas de las mejores de la década. Para un público acostumbrado a esperar lo peor de los ídolos adolescentes que intentan reinventarse, fue una sorpresa mayúscula.

El video musical reforzó esa ambición. Filmado en las islas escocesas de Skye, mostraba a Styles literalmente volando sobre paisajes montañosos y costeros, suspendido por arnés sobre acantilados barridos por el viento, en una imagen que dialogaba perfectamente con la idea de elevarse, de partir, de dejar atrás la tierra. Era costoso, era cinematográfico y dejaba claro que este no era un proyecto pequeño.

Con los años, la canción se volvió piedra angular de la identidad de Harry Styles como artista que no se deja encasillar. Lo conectó con un linaje de músicos británicos teatrales y andróginos, de Bowie a Freddie Mercury, y le abrió la puerta a una carrera donde la moda, la fluidez de género y el rechazo a las etiquetas serían tan importantes como la música. "Sign of the Times" fue, en muchos sentidos, el manifiesto inicial de todo eso.

Por qué sigue golpeando fuerte hoy

Hay canciones que envejecen y canciones que maduran. Esta pertenece al segundo grupo. Su fuerza no depende de una moda de producción ni de un truco de estudio; descansa en una emoción que no caduca: el miedo a dejar a los que amamos y el impulso de protegerlos incluso cuando ya no podremos estar. Cualquiera que haya perdido a alguien, o que haya tenido que decir adiós sabiendo que era la última vez, reconoce el nudo en la garganta que provoca.

Para el público latinoamericano, esa resonancia se amplifica por algo cultural muy concreto. En México, la relación con la muerte no es de pánico ni de silencio, sino de conversación. Se le pone nombre, se le dedica un altar, se le canta. Una balada que toma la muerte de una madre y la convierte en un acto de amor y de consejo no suena macabra en ese contexto: suena familiar, casi tierna. Es la misma lógica que sostiene tantas canciones rancheras y tantos corridos donde el que se despide deja palabras para los que quedan. Harry Styles, sin proponérselo, escribió una balada que dialoga con esa tradición.

Y luego está el simple poder del clímax. Esos últimos minutos en los que la canción se desborda, donde las voces se apilan y los instrumentos crecen, funcionan como una catarsis colectiva. En vivo, miles de personas cantando esa parte al unísono crean un momento que se siente más grande que la suma de las partes. No es de extrañar que se haya convertido en uno de los puntos más altos de sus conciertos, ni que el público mexicano la haya adoptado como himno propio. Una canción sobre un final terminó siendo, irónicamente, sobre la comunidad que se forma cuando todos la cantan juntos.


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