SONGFABLE · 2019

Watermelon Sugar

HARRY STYLES · 2019

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Watermelon Sugar - Harry Styles (2019)

TL;DR: Detrás de su melodía soleada y su trompeta veraniega, "Watermelon Sugar" no habla realmente de fruta: es una oda descarada y sensorial al placer físico y a la intimidad, disfrazada de canción de verano apta para todo público.

El secreto a plena luz del sol

Hay canciones que se cuelan en la radio del verano sin que nadie sospeche lo que esconden. "Watermelon Sugar" es el ejemplo perfecto. La pones en una fiesta de alberca en Acapulco, la canta una abuela mientras prepara agua de sandía, y nadie parpadea. Suena inocente, fresca, dulce como su título. Pero pregúntale a Harry Styles de qué trata y verás cómo sonríe de lado antes de soltar una indirecta.

La verdad incómoda y deliciosa es que esta canción celebra el placer compartido entre dos personas, el tipo de placer que normalmente no llega a las listas de éxitos pop con tanta naturalidad. La sandía aquí no es una sandía. Es una metáfora jugosa, pegajosa, sensorial, de la conexión íntima entre amantes. Y lo más brillante de todo es que Harry lo logró envolver en un paquete tan luminoso y festivo que la canción terminó sonando en comerciales, en bodas y en clases de spinning sin que nadie se ruborizara.

Esa es la jugada maestra: decir algo atrevido con una sonrisa tan amplia que el mundo entero cante el coro sin darse cuenta de qué está cantando.

De One Direction al solista que se atrevió a todo

Para entender "Watermelon Sugar" hay que entender el momento de la vida de Harry Styles cuando la grabó. El chico que millones de adolescentes conocieron como uno de los cinco integrantes de One Direction estaba reinventándose por completo. Aquella boy band, que vendió estadios enteros en México y toda Latinoamérica entre 2011 y 2015, había entrado en pausa indefinida. Y Harry, lejos de seguir la fórmula segura del pop adolescente, decidió tirarse de cabeza hacia algo más arriesgado.

Su primer disco solista, de 2017, ya había mostrado a un Harry coqueteando con el rock clásico, con Bowie, con Fleetwood Mac. Pero fue con su segundo álbum, Fine Line, publicado en diciembre de 2019, donde encontró su voz definitiva: una mezcla de pop soleado, soul setentero y una libertad lírica que ningún otro ex integrante de boy band se había atrevido a explorar con tanto descaro.

"Watermelon Sugar" salió como sencillo en noviembre de 2019. Se grabó en parte en los míticos estudios de Shangri-La, en Malibú, California, ese rincón frente al Pacífico que alguna vez fue refugio creativo de Bob Dylan y The Band. Se dice que el título nació de una novela llamada In Watermelon Sugar, del escritor estadounidense Richard Brautigan, aunque Harry ha admitido que la frase simplemente le sonó bien y que la canción tomó su propio rumbo desde ahí. El productor Tyler Johnson y el colaborador Kid Harpoon ayudaron a darle esa textura cálida, de guitarras crujientes y vientos brillantes que recuerdan al pop californiano de los años setenta.

Y aquí va el gancho para quien lee desde México o el resto de América Latina: la sandía no es una fruta cualquiera en estas tierras. Es la fruta del verano por excelencia, la que se vende en carritos por las calles con chile y limón, la que pintó Frida Kahlo en su última obra con la frase "Viva la Vida". En el imaginario mexicano, la sandía es vida, color, alegría desbordada. Que una canción la convierta en símbolo de placer no choca para nada con nuestra cultura: la complementa. Harry, sin saberlo del todo, tomó una imagen que en México ya cargaba siglos de sensualidad y celebración de lo vivo.

Lo que de verdad dice la canción

Vamos a decodificar el mensaje sin citar ni una línea, porque la magia está en lo que sugiere más que en lo que dice.

A lo largo de la canción, Harry describe una sensación de antojo y satisfacción que va mucho más allá de comer fruta. Habla de querer probar algo dulce, de la imposibilidad de tener suficiente, de un sabor que se queda en los labios. La sandía funciona como sinónimo de todo lo placentero que ocurre entre dos personas que se desean. El "azúcar de sandía" del título es ese estado pegajoso, embriagador, de estar perdido en otra persona.

Hay también una dimensión de gratitud y de generosidad en la letra. No es una canción egoísta sobre el deseo propio; es una celebración del placer mutuo, de disfrutar dando tanto como recibiendo. Esa actitud, ese enfoque en el goce compartido, es lo que hace que la canción se sienta más tierna que vulgar. Harry no presume; agradece. No conquista; comparte.

El propio cantante ha jugado al despiste con el significado. En entrevistas a veces lo niega con picardía, a veces lo confirma con una ceja levantada. En un concierto llegó a presentarla diciendo que trataba sobre cierto tipo de intimidad, provocando gritos del público. Esa ambigüedad deliberada es parte del encanto: la canción te deja decidir hasta dónde quieres entender. Puedes quedarte en la superficie veraniega o bajar a la capa sensual. Ambas lecturas conviven sin pelearse.

Lo genial es que, incluso en su capa más atrevida, "Watermelon Sugar" nunca se siente sucia ni incómoda. Tiene la frescura de un beso robado, no el morbo de un susurro vulgar. Es placer celebrado a plena luz del día, con trompetas y palmas, como si el deseo fuera una cosa luminosa y no algo que esconder.

El verano que llegó cuando el mundo se encerró

Aquí ocurre una de esas coincidencias que la historia de la música a veces regala. El video oficial de "Watermelon Sugar" se estrenó en mayo de 2020. Mostraba a Harry y a un grupo de personas en una playa de California, riendo, comiendo sandía, tocándose, abrazándose, disfrutando del sol y del contacto humano sin ninguna distancia entre ellos. Al inicio del clip aparecía una dedicatoria que decía, con humor pero también con nostalgia, que el video estaba dedicado al tacto.

Lo que Harry no podía prever es que ese video llegaría en plena pandemia mundial, justo cuando millones de personas estaban encerradas, sin poder tocarse, sin playas, sin fiestas, sin contacto físico con nadie fuera de su casa. De pronto, esa celebración del tacto, de la cercanía, del placer compartido bajo el sol, se convirtió en algo casi doloroso de ver y, al mismo tiempo, en un consuelo. La canción se volvió un símbolo de todo lo que extrañábamos: la libertad de juntarnos, de comer fruta con las manos, de besarnos sin miedo.

En México y América Latina, donde el contacto físico es parte tan profunda de la cultura —el abrazo, el beso en la mejilla al saludar, las reuniones familiares apretujadas—, ese encierro pegó especialmente fuerte. "Watermelon Sugar" se volvió, sin proponérselo, la banda sonora de una nostalgia colectiva por la normalidad perdida.

La canción terminó convirtiéndose en el primer número uno de Harry Styles como solista en las listas de Estados Unidos, en agosto de 2020. Ganó un premio Grammy a la Mejor Interpretación Pop Solista en 2021. Sonó en todas partes. Y cimentó a Harry no como un ex chico de boy band, sino como uno de los grandes artistas pop de su generación, capaz de hacer arte sensorial y comercial al mismo tiempo.

Por qué sigue sonando dulce años después

Hay canciones de verano que se evaporan en septiembre. "Watermelon Sugar" no fue una de ellas. Sigue apareciendo en fiestas, en listas de reproducción de buen humor, en videos de redes sociales, en bodas latinoamericanas donde nadie cuestiona demasiado de qué habla la letra. Y eso tiene una explicación.

Primero, porque suena a felicidad pura. Esa producción cálida, con sus vientos y su ritmo que invita a moverse, activa algo casi químico en el cerebro. Es imposible escucharla y no sentir un poco de sol por dentro, aunque afuera esté lloviendo.

Segundo, porque su doble lectura la mantiene viva. Los niños la cantan pensando en fruta. Los adultos la cantan con una sonrisa cómplice. Esa elasticidad significa que la canción funciona en cualquier contexto, lo que la hace prácticamente inmortal en la rotación de las fiestas.

Tercero, y quizá lo más profundo, porque celebra algo que nunca pasa de moda: el placer de estar cerca de alguien que deseas, sin culpa, sin vergüenza, con alegría. En un mundo que a menudo trata el deseo como algo oscuro o problemático, Harry Styles lo pintó del color de una sandía partida al mediodía. Y esa generosidad luminosa, ese permiso para disfrutar, sigue siendo tan refrescante hoy como en aquel verano extraño de 2020.

Para los fans latinoamericanos, además, hay algo casi poético en que una de las grandes canciones sobre el placer y el tacto use como símbolo precisamente la fruta que pintamos para celebrar la vida. Frida lo entendió en su última pincelada. Harry lo entendió en su mejor sencillo. La sandía siempre supo de qué se trataba.


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