SONGFABLE · 2014

Turtles All the Way Down

STURGILL SIMPSON · 2014

TL;DR: Un vaquero de Kentucky abre su disco country con un viaje psicodélico por Dios, el diablo, los extraterrestres y las drogas, sólo para aterrizar en la conclusión más sencilla y menos "cool" posible: lo único que de verdad salva a alguien es el amor.
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El gancho: la canción country que empieza hablando de DMT

Imagina poner un disco catalogado como country tradicional —voz nasal de Kentucky, pedal steel llorona, una base de guitarra que podría sonar en cualquier cantina de carretera— y que la primera estrofa te suelte, con toda naturalidad, una lista de sustancias psicodélicas y una reflexión sobre entidades que se aparecen cuando la mente se desarma. Eso es exactamente lo que hace "Turtles All the Way Down", el tema que abre Metamodern Sounds in Country Music de Sturgill Simpson, publicado en mayo de 2014.

Lo sorprendente no es la provocación. Provocar es fácil. Lo sorprendente es adónde llega la canción después de provocar. Simpson desfila por todas las respuestas que la humanidad se ha inventado para explicar lo que hay al fondo del pozo —la religión organizada, la figura del diablo, los seres de luz que dicen ver quienes experimentan con enteógenos, las teorías de reptiles que gobiernan el mundo— y las va descartando una por una, sin burlarse de nadie, como quien revisa llaves en un llavero y ninguna abre la puerta. Y cuando ya no queda nada que descartar, se queda con una sola cosa, casi vergonzosamente simple: el amor. No el amor de tarjeta de San Valentín, sino el amor como último suelo firme cuando descubres que abajo no hay suelo.

De ahí el título. "Turtles all the way down" —"tortugas hasta el fondo"— es una vieja anécdota filosófica sobre la regresión infinita: alguien explica que el mundo descansa sobre el caparazón de una tortuga gigante, le preguntan sobre qué descansa esa tortuga, y responde que sobre otra tortuga, y otra, y otra, hasta abajo. La historia se ha atribuido a distintos pensadores y se popularizó, entre otros lugares, en las páginas de Una breve historia del tiempo de Stephen Hawking. Simpson toma esa imagen y la usa como diagnóstico de nuestra época: todas las explicaciones se apoyan en otra explicación, y ninguna toca fondo.

De la Marina a los trenes: cómo un hombre llega a escribir esto

Sturgill Simpson nació en 1978 en el este de Kentucky, en la zona montañosa de los Apalaches, y creció en el área de Lexington. Su abuelo fue minero de carbón; su padre, según se ha contado, trabajó como policía encubierto en operaciones antidrogas. Ese detalle importa: el hombre que abre su disco con un catálogo de psicodélicos creció en una casa donde las drogas eran, literalmente, el enemigo profesional.

Antes de dedicarse a la música a tiempo completo, Simpson se enlistó en la Marina de Estados Unidos y pasó temporadas en el Pacífico, incluido Japón. Después trabajó años en el ferrocarril, en Utah, en un puesto administrativo de una compañía de trenes. Esa es la biografía que da textura a su voz: no es un personaje construido en Nashville, es alguien que llegó tarde, con treinta y tantos, después de haber tenido vidas enteras fuera de la música. Cuenta la historia que estuvo a punto de rendirse por completo y que fue su esposa quien lo empujó a intentarlo una última vez.

Su primer disco, High Top Mountain (2013), era country honesto y de corte clásico. Metamodern Sounds in Country Music, grabado con el productor Dave Cobb, fue otra cosa. Se dice que lo registraron en apenas cuatro días y con un presupuesto ridículamente bajo para los estándares de la industria, en Nashville, con una banda pequeña tocando en vivo en la sala. Cobb metió efectos que el country ortodoxo no suele tolerar: cintas invertidas, phaser, una guitarra que se derrite hacia el final del tema. El resultado suena a Waylon Jennings pasado por un filtro de rock psicodélico de los setenta.

Hasta el título del álbum es un guiño: Modern Sounds in Country and Western Music fue el disco histórico con el que Ray Charles, en 1962, tomó el country desde afuera y lo rehízo a su manera. Simpson agrega el prefijo "meta" y deja clara la apuesta: no viene a repetir el género, viene a mirarlo desde un piso más arriba. Simpson, por cierto, siempre rechazó la etiqueta de "salvador del country" que la prensa le colgó, y en los años siguientes se dedicó con bastante empeño a desmentirla.

El gancho para quien lee desde México o América Latina: hay pocos lugares en el mundo donde la conversación entre plantas sagradas, cosmología y búsqueda espiritual esté tan viva y tan documentada como en México. La velada mazateca con hongos en Huautla de Jiménez, Oaxaca, que hizo célebre a María Sabina; la peregrinación wixárika a Wirikuta, en San Luis Potosí, en busca del peyote; el uso ritual del tabaco y del copal en decenas de comunidades. Simpson llega a la misma pregunta desde el otro extremo del continente y sin ningún linaje ritual detrás: un gringo blanco de Kentucky, criado en la iglesia, tropezándose solo con lo que aquí se ha sostenido durante siglos dentro de una estructura comunitaria. Escuchar la canción desde México es escuchar a alguien improvisando, sin mapa, un camino que otros ya habían trazado con mucho más cuidado.

Y hay una coincidencia todavía más bonita en la imagen del título. En la iconografía maya, el dios del maíz renace emergiendo del caparazón resquebrajado de una tortuga; la tierra misma aparece representada, en distintas tradiciones mesoamericanas, como el lomo de una criatura enorme que flota sobre el agua. Simpson no estaba pensando en eso —su tortuga viene de una anécdota filosófica angloparlante—, pero la rima cultural existe y es difícil ignorarla: dos hemisferios llegando por su cuenta a la idea de que el mundo se sostiene sobre el caparazón de un animal.

Qué está diciendo realmente la letra

La canción avanza como un interrogatorio educado. Primero aparecen las sustancias, nombradas casi como quien lee una receta médica, sin drama ni celebración: son herramientas, puertas, no el destino. Luego aparecen las visiones que esas puertas supuestamente revelan —figuras luminosas con forma no humana que, según relatan quienes las han visto, transmiten algún mensaje—, y Simpson las trata con una mezcla exacta de curiosidad y escepticismo. No dice que sean falsas. Tampoco se arrodilla ante ellas.

Después viene el turno de la religión organizada, y aquí el tono se endurece un poco. La crítica no va contra la fe, va contra la intermediación: contra los hombres que cobran, en dinero o en obediencia, por administrar el acceso a lo sagrado. Es una distinción que cualquier lector latinoamericano criado entre misas de domingo y catequesis reconoce al instante: una cosa es lo que uno siente en la iglesia vacía a media tarde y otra cosa es el aparato.

El diablo aparece también, pero desinflado: menos como enemigo cósmico y más como excusa, una figura útil para no hacerse cargo de lo que uno mismo hace. Y las teorías conspirativas sobre reptiles que controlan el mundo entran en el mismo saco que todo lo demás: otra tortuga más en la pila, otra explicación que necesita otra explicación debajo.

Entonces llega el giro. Tras haber recorrido todo el catálogo de respuestas grandilocuentes, el narrador se queda con la única que no puede demostrar ni vender: que el amor es lo único que ha salvado a alguien alguna vez. Musicalmente, ese momento coincide con la parte más luminosa del arreglo, y el tema se disuelve en una guitarra procesada que suena a mareo, a cielo, a estar acostado en el pasto mirando hacia arriba. La forma imita al contenido: la mente se abre, gira, y aterriza.

Lo brillante es que la conclusión no es ingenua. Simpson llega al amor después de haber agotado todo lo demás, no antes. Es una fe post-escéptica, ganada a pulso, que suena completamente distinta de la fe heredada.

Contexto cultural y legado

En 2014, Nashville estaba dominada por el llamado bro-country: camionetas, cerveza, chicas en shorts, coros diseñados para estadios. Metamodern Sounds apareció por un carril lateral, publicado de manera independiente, sin apoyo de radio comercial, y se convirtió en un fenómeno de boca en boca. La crítica lo puso en casi todas las listas de fin de año y el álbum recibió una nominación al Grammy en la categoría Americana. Dos años después, A Sailor's Guide to Earth —una carta de un padre a su hijo recién nacido, con sección de metales y una versión de Nirvana— ganó el Grammy a Mejor Álbum Country y compitió por Álbum del Año, un desenlace que casi nadie habría apostado tras escuchar una canción que empieza hablando de alcaloides.

"Turtles All the Way Down" hizo algo estructural por el género: le devolvió el permiso de ser raro. El country siempre tuvo una vena mística y desviada —Willie Nelson, Townes Van Zandt, el Gram Parsons de los últimos años, el propio Waylon— pero en la década de 2010 esa vena parecía clausurada. Simpson la reabrió, y detrás vinieron muchos. La ola de artistas que hoy se mueve entre el country, el soul sureño y el rock experimental le debe algo a ese precedente.

Simpson, fiel a su costumbre de no quedarse quieto, siguió mutando: un disco de rock ruidoso acompañado de una película de anime, dos volúmenes de bluegrass regrabando su propio catálogo, papeles como actor en cine —incluida una aparición en Killers of the Flower Moon de Martin Scorsese— y, más recientemente, un álbum firmado bajo el alias Johnny Blue Skies, como si necesitara matar simbólicamente su propio nombre para seguir trabajando.

Por qué sigue resonando hoy

Porque la sensación de "tortugas hasta el fondo" es, más de una década después, el clima mental de cualquiera con un teléfono en la mano. Cada explicación remite a otra fuente, cada fuente a otra, y el suelo nunca aparece. Vivimos entre desinformación, algoritmos que premian la certeza ruidosa y una oferta infinita de gurús —espirituales, financieros, políticos— que venden la última tortuga. La canción no ofrece una salida intelectual a ese laberinto, porque no la hay. Ofrece un lugar donde pararse mientras el laberinto sigue girando.

Y hay algo más, especialmente vigente en América Latina: la conversación sobre plantas sagradas y salud mental dejó de ser marginal. Hoy se discute en clínicas, en universidades, en reportajes serios sobre el turismo psicodélico que llega a Oaxaca o a la Amazonía, con todas sus tensiones éticas y su riesgo real de extractivismo cultural. "Turtles All the Way Down" se adelantó a esa discusión sin pretender ser un manifiesto, y sostiene una postura que envejeció bien: la experiencia puede abrirte los ojos, pero no te entrega la respuesta empaquetada. La respuesta tienes que vivirla con otras personas, de vuelta en el mundo ordinario, todos los días.

Por eso la canción funciona igual a los veinte que a los cincuenta años, en una cantina de Guadalajara o con audífonos en un camión de madrugada. Empieza como una aventura y termina como un consejo de alguien que ya volvió del viaje y no trajo ningún souvenir, sólo una certeza pequeña y difícil de discutir.


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