SONGFABLE · 1977

Submission

SEX PISTOLS · 1977

TL;DR: Aunque el título suena a una declaración sexual sumisa y peligrosa —justo lo que esperarías de los Pistols—, "Submission" es en realidad un chiste interno disfrazado de canción: un juego de palabras sobre un "sub-marine mission", una misión submarina. Es la banda más caótica del punk británico riéndose en la cara de quien busca escándalo donde solo había una broma de adolescentes.
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El gancho: la canción "obscena" que en realidad habla de un submarino

Imagina la escena. Estamos en Londres, 1977. Malcolm McLaren, el mánager-provocador de los Sex Pistols, alguien obsesionado con vender peligro como si fuera ropa de tienda, le lanza a la banda un reto que parece sacado de una película de mal gusto: quería una canción sobre sumisión sexual, sobre dominación, sobre algo que escandalizara hasta a los escandalizados. Era la lógica de McLaren llevada al extremo: el sexo y la provocación como producto.

Pero Johnny Rotten (John Lydon) y Glen Matlock, el bajista que escribió la mayor parte de la música del primer disco, hicieron algo brillante y profundamente punk a su manera. Según se ha contado a lo largo de los años, en lugar de obedecer la consigna, decidieron tomarle el pelo a su propio mánager. Tomaron la palabra "submission" y la partieron en dos: "sub" + "mission". Una misión submarina. Una canción sobre buscar algo en el fondo del mar. McLaren pedía morbo y le entregaron oceanografía vestida de cuero negro.

Esa es la verdad incómoda y deliciosa detrás de uno de los cortes de Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols: la banda que vendía anarquía total era también un grupo de chavos ingeniosos que disfrutaban más burlándose del sistema —incluido el sistema que los manejaba— que sometiéndose a él.

El contexto: cuatro chavos, un mánager manipulador y una Inglaterra en llamas

Para entender "Submission" hay que entender el momento. La Inglaterra de mediados de los setenta era un país gris, con desempleo juvenil galopante, huelgas constantes, basura acumulada en las calles y una monarquía que celebraba su Jubileo de Plata mientras buena parte de la juventud no veía futuro alguno. El "No Future" que Rotten escupiría en "God Save the Queen" no era una pose: era el diagnóstico de toda una generación.

Los Sex Pistols nacieron en parte de la tienda de Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, llamada SEX, en King's Road. McLaren venía del mundo del arte, del situacionismo francés, de la idea de que el escándalo organizado podía ser una forma de arte y, sobre todo, un buen negocio. Reunió a Steve Jones (guitarra), Paul Cook (batería), Glen Matlock (bajo) y al carismático e irritante John Lydon, a quien rebautizó Johnny Rotten por su pésima higiene dental. La fórmula era explosiva: ruido, actitud y una habilidad sobrenatural para ofender a todo el mundo.

Aquí va un dato que quizá sorprenda al lector latinoamericano: el punk británico, ese que parece tan distante y tan inglés, terminó cruzando el Atlántico y echando raíces profundísimas en nuestras ciudades. En el Tijuana de los ochenta, en el Mexicali fronterizo, en los barrios populares de la Ciudad de México, en el Naucalpan de bandas como Atóxxxico, el espíritu de los Pistols —ese "hazlo tú mismo aunque no sepas tocar"— se volvió combustible para una escena propia, callejera y furiosa. El punk mexicano no copió a los Pistols; tomó su permiso. La idea de que cualquiera podía agarrar tres acordes y gritar lo que sentía sobre la injusticia, la pobreza y la autoridad caló hondísimo en una juventud que también tenía sus propios motivos para no creer en ningún futuro prometido. Cuando hoy un chavo de Iztapalapa o de Bogotá toca punk en una tocada de barrio, hay un hilo invisible que lo conecta con esos cuatro ingleses malhumorados de 1977.

"Submission" se grabó en ese hervidero, durante las sesiones de su único álbum de estudio, lanzado en octubre de 1977. Curiosamente, la canción ya existía cuando Sid Vicious entró a sustituir a Matlock en el bajo, así que es una de las piezas donde todavía respira la mano musical de Glen, considerado por muchos el verdadero arquitecto melódico de la banda antes de que el caos puro tomara el control.

El significado: provocación pedida, broma entregada

Lo fascinante de "Submission" es leer la letra sabiendo el truco. En la superficie, hay un narrador que habla de no poder resistirse, de quedar atrapado, de hundirse en algo más profundo que la razón, de perder el control frente a una fuerza que lo arrastra hacia abajo. Si no supieras nada del contexto, jurarías que es una canción sobre una relación tóxica, sobre la rendición ante un deseo que domina. Eso es justo lo que McLaren quería que pensaras.

Pero la banda construyó la letra como un doble fondo. Todas esas imágenes de hundirse, de ir hacia abajo, de explorar las profundidades y de quedar atrapado funcionan igual de bien —o mejor— si las lees literalmente como un descenso al fondo del océano. La "ella" misteriosa a la que el narrador no puede resistirse puede leerse como el mar mismo, como una atracción magnética hacia las profundidades. Es una canción de doble lectura: el morbo que pidió el jefe y la broma submarina que entregaron los empleados rebeldes. El narrador no se somete a una persona; coquetea con la idea de sumergirse, de desaparecer bajo la superficie.

Hay algo profundamente punk en esto que va más allá del chiste. La verdadera "sumisión" que la canción rechaza no es la sexual: es la sumisión a las órdenes. McLaren, el supuesto cerebro detrás de todo, fue desobedecido por su propia creación. La banda demostró que ni siquiera se sometería a quien la inventó. En ese sentido, "Submission" es, paradójicamente, una canción sobre la negativa a someterse, disfrazada con el título contrario. El punk siempre amó ese tipo de ironía.

Musicalmente, la pieza es más larga y más extraña que los himnos directos del disco. Tiene una construcción casi hipnótica, con la guitarra de Steve Jones creando muros de sonido densos y ese groove insistente que efectivamente evoca el balanceo de algo sumergido. No es "Anarchy in the U.K." ni "Pretty Vacant", esos puñetazos de dos minutos. "Submission" se toma su tiempo, te arrastra, te hunde. La forma imita al contenido secreto.

El legado cultural: cómo una broma terminó en un disco eterno

Never Mind the Bollocks es uno de esos discos que cambiaron la historia de la música popular para siempre, y "Submission" es una de sus piezas más subestimadas. Mientras los sencillos como "God Save the Queen" generaban titulares, prohibiciones de la BBC y peleas en la calle, "Submission" se quedaba como un secreto para los conocedores: la canción donde la banda más se reía de sí misma y de su mánager.

El propio título del álbum es un escándalo lingüístico —"bollocks" es una grosería británica— y la portada amarilla y rosa diseñada por Jamie Reid, con sus letras de recorte de periódico tipo nota de secuestro, definió toda una estética visual que seguimos viendo hoy en pósters, playeras y diseño gráfico. Esa estética del collage agresivo, del "hágalo usted mismo", viajó por el mundo y se reprodujo en fanzines de Guadalajara, en flyers fotocopiados de tocadas en Lima y en el grafiti punk de tantas ciudades latinoamericanas.

Los Sex Pistols, como banda, duraron poquísimo. Se desintegraron en enero de 1978 durante su desastrosa gira por Estados Unidos, con Rotten preguntando al público en San Francisco si alguna vez había sentido que lo habían estafado. Sid Vicious moriría en Nueva York en 1979 en circunstancias trágicas. La banda fue un cometa: brillante, breve, imposible de ignorar. Pero su influencia se multiplicó precisamente porque su mensaje central —no necesitas permiso ni talento técnico para hacer ruido y decir la verdad— era infinitamente replicable.

Para muchos historiadores de la música, el punk fue menos un género que una licencia. Y "Submission", con su origen de broma, encarna esa actitud mejor que muchos himnos solemnes: la idea de que ni siquiera tienes que tomarte en serio las órdenes de tu propio jefe, de que el humor y la subversión pueden convivir, de que rebelarse a veces es simplemente negarse a hacer lo que te dijeron de la forma exacta en que te lo dijeron.

Por qué sigue resonando hoy

En la era de los algoritmos, de los managers de marca y de los influencers que reciben "briefs" sobre exactamente qué provocación vende esta semana, la historia detrás de "Submission" se siente sorprendentemente actual. Vivimos rodeados de contenido fabricado para escandalizar a pedido, de polémicas calculadas, de outrage diseñado en una junta de marketing. Y aquí tenemos a cuatro chavos de 1977 que, cuando les pidieron escándalo a la carta, respondieron con una broma sobre submarinos.

Hay una lección punk perdurable en eso. La verdadera rebeldía no siempre es gritar más fuerte; a veces es desobedecer con ingenio, encontrar la grieta en el encargo, entregar algo que cumple la forma pero traiciona la intención. Para el oyente latinoamericano que creció entre punk de barrio, rock urbano y una desconfianza saludable hacia las autoridades de todo tipo, ese gesto es perfectamente reconocible: es el arte de hacerse el que obedece mientras haces exactamente lo que quieres.

"Submission" también nos recuerda que detrás de las leyendas del rock casi siempre hay seres humanos jóvenes, divertidos y mucho más listos de lo que su imagen de peligro sugería. Los Pistols querían que los vieras como una amenaza para la civilización. Pero en el estudio, partiendo una palabra en dos para reírse de Malcolm McLaren, eran simplemente unos amigos haciéndose los chistosos. Y esa humanidad, escondida bajo capas de cuero, escupitajos y titulares de prensa amarilla, es quizá lo más subversivo de todo.


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