SONGFABLE · 1968

Scarborough Fair

SIMON & GARFUNKEL · 1968 · SCARBOROUGH, UK

Scarborough Fair - Simon & Garfunkel (1968)

TL;DR: Una balada medieval inglesa, reciclada por dos jóvenes neoyorquinos en 1968, se convirtió en uno de los himnos más etéreos de la era de Vietnam. Perejil, salvia, romero y tomillo: cuatro hierbas que esconden siglos de magia, duelo y rebelión silenciosa.

El murmullo que cruzó el Atlántico

Hay canciones que parecen no tener autor. Flotan en el aire como si siempre hubieran existido, como si el viento las hubiera traído de algún condado lejano donde el tiempo se mueve de otra manera. "Scarborough Fair" pertenece a esa categoría rara: una pieza que muchos asumen anónima, otros tantos creen propiedad de Simon & Garfunkel, y que en realidad es ambas cosas al mismo tiempo. Una canción que viajó desde los puertos pesqueros del Yorkshire del siglo XVI hasta la portada del álbum Parsley, Sage, Rosemary and Thyme en 1966, y de ahí a la banda sonora de The Graduate en 1968, momento en que se convirtió en patrimonio sonoro de una generación entera que buscaba algo parecido a la calma en medio del ruido de Vietnam.

Para quienes la escuchan por primera vez, hay algo desconcertante en su belleza. La voz de Art Garfunkel parece descender desde un techo gótico. La guitarra de Paul Simon, con sus arpegios precisos que recuerdan más a un laudista renacentista que a un cantautor del Greenwich Village, dibuja un paisaje invernal. Y luego está esa enumeración hipnótica de hierbas, repetida como un rosario laico, que ha llevado a generaciones a preguntarse: ¿de qué demonios trata realmente esta canción?

La feria que ya no existe

Scarborough es una ciudad costera en el noreste de Inglaterra, en el condado de Yorkshire del Norte. Hoy es un destino turístico de playa, con su castillo en ruinas mirando al mar del Norte. Pero entre los siglos XIII y XVIII, fue sede de una de las ferias comerciales más importantes del reino. Cada agosto, durante 45 días, mercaderes de toda Europa convergían en sus calles. Era un nudo económico donde se intercambiaban telas flamencas, especias del Mediterráneo, pescado seco del Báltico. La feria fue declinando hasta desaparecer hacia 1788, pero su nombre quedó grabado en la memoria oral inglesa a través de una balada.

La canción original, catalogada como Child Ballad 2 por el folclorista Francis James Child en el siglo XIX, se titula propiamente "The Elfin Knight" en sus versiones más antiguas, y plantea un diálogo entre amantes separados por la distancia o la muerte. Uno le pide al otro tareas imposibles: confeccionar una camisa sin costuras ni agujas, lavarla en un pozo seco, secarla en un espino que nunca floreció. El otro responde con otra serie de exigencias igualmente absurdas. Es un duelo de imposibles. Si tú haces lo imposible por mí, yo lo haré por ti. Y entonces, quizá, volveremos a estar juntos.

Quien descifra el código entiende que la canción no es romántica en el sentido moderno. Es una canción de duelo. De separación definitiva. De ese momento en que el amor sobrevive solo como acertijo.

El significado real detrás de las hierbas

Perejil, salvia, romero y tomillo. La frase que se repite al final de cada verso ha generado más interpretaciones académicas que muchos sonetos de Shakespeare. En la herbolaria medieval inglesa, cada una de estas plantas tenía una carga simbólica precisa. El perejil, según las creencias populares, eliminaba la amargura, tanto física (se usaba para la digestión) como emocional. La salvia simbolizaba la fuerza y la longevidad; era la hierba de quien debía resistir. El romero estaba ligado a la memoria y a la fidelidad: en bodas y funerales ingleses se llevaba en ramilletes para recordar a los ausentes. El tomillo, finalmente, representaba el coraje. Los caballeros medievales lo bordaban en sus pañuelos antes de partir a las cruzadas.

Leídas juntas, las cuatro hierbas componen una suerte de receta espiritual: cura tu amargura, mantente fuerte, no me olvides, ten valor. Es el mensaje que un amante muerto, o un soldado que no volverá, deja en el aire para que el viento lo lleve. La canción medieval, en sus capas más profundas, es un eco entre dos mundos, el de los vivos y el de los que ya no están.

Paul Simon aprendió la canción en Londres en 1965, durante una temporada que pasó tocando en clubes folk británicos. Su maestro fue el cantante Martin Carthy, una de las grandes figuras del revival folk inglés, quien le enseñó el arreglo de guitarra. Carthy, hay que decirlo, nunca recibió crédito de Simon en el álbum, y eso generó décadas de tensión que solo se resolvieron en los años noventa. Pero hay algo más interesante: Simon no se limitó a versionar. Combinó la melodía tradicional con un segundo texto contrapuntístico, llamado "Canticle", que él mismo escribió. Mientras Garfunkel canta los versos antiguos sobre la feria y las hierbas, una segunda voz susurra imágenes de guerra: laderas cubiertas de hojas, soldados llamados a una causa que olvidaron, batallones en llamas.

Esa superposición es la genialidad real de la versión de 1966. La canción medieval hablaba de un amor perdido en circunstancias inciertas. Simon, en plena escalada de Vietnam, convirtió esa incertidumbre en una crítica antibélica encubierta. La feria de Scarborough se transformó, sin avisar a nadie, en un cementerio de jóvenes que nunca volverían a casa.

El puente cultural: por qué resuena en el oído hispano

Para el oyente latinoamericano, especialmente para quienes crecimos con la tradición del bolero y de la balada romántica, "Scarborough Fair" opera en un registro extrañamente familiar. La idea del amor imposible, del desamor poetizado, del mensaje cifrado entre dos almas separadas, es territorio bien conocido. Hay un parentesco oculto entre esta balada inglesa y, por ejemplo, "Bésame Mucho" de Consuelo Velázquez: ambas piden, ante la inminencia de la pérdida, una prueba imposible de amor.

Pero hay otra capa que conecta directamente con la sensibilidad hispanoamericana: la presencia de las hierbas como lenguaje espiritual. En la tradición popular mexicana, desde los mercados de Oaxaca hasta las farmacias verdes de la Ciudad de México, las hierbas siguen siendo portadoras de significado. La ruda protege, la albahaca atrae, el romero limpia. No es difícil imaginar que la enumeración de Simon & Garfunkel encuentre eco en alguien que ha visto a una abuela barrer el aire con un manojo de hierbas. La canción habla un idioma que el inconsciente hispano reconoce.

Cuando Simon & Garfunkel tocaron por primera vez en América Latina en los años setenta, y cuando Art Garfunkel regresó como solista al Auditorio Nacional de la Ciudad de México décadas después, fue notable cómo el público mexicano coreaba la melodía aun sin entender cada palabra. La canción se había instalado en la memoria sentimental del continente a través de la película El Graduado (The Graduate), proyectada en cines de Buenos Aires, Bogotá y México durante 1968 y 1969, justo cuando una generación latinoamericana empezaba a cuestionar a sus propios padres, sus propias instituciones, sus propias guerras silenciosas.

Bandas posteriores como Maná han reconocido la influencia del dúo neoyorquino en su manera de construir armonías vocales. La huella se siente, por ejemplo, en la limpieza melódica de baladas como "Vivir sin Aire". Y aunque Soda Stereo navegaba en aguas estéticas distintas, más cercanas al post-punk británico y a Bowie, hay momentos en Canción Animal donde las texturas acústicas guardan parentesco con esa misma búsqueda de pureza tímbrica que Simon perseguía con su guitarra de cuerdas de nylon.

Por qué sigue importando en 2026

Estamos en una era saturada. Algoritmos que predicen lo que querremos escuchar antes de que sepamos lo que queremos. Listas de reproducción generadas por inteligencia artificial que nos sirven canciones diseñadas para no incomodar. En ese contexto, "Scarborough Fair" funciona como un objeto extrañísimo: una canción que pide ser desentrañada, que no entrega su significado en la primera escucha, que premia al oyente paciente con capas sucesivas de sentido.

También es una canción políticamente más vigente de lo que parece. La superposición que Simon construyó en 1966, esa coexistencia de un texto pastoral con un texto bélico, es exactamente el tipo de gesto artístico que el presente reclama. Vivimos rodeados de imágenes hermosas que ocultan o disfrazan la violencia. Reels de turismo en lugares donde, fuera de cuadro, hay desplazamientos forzados. Anuncios de marca en redes sociales mientras conflictos armados se transmiten en directo en otra pestaña. Simon entendió, hace sesenta años, que la única forma honesta de cantar sobre la paz era dejando que la guerra se filtrara por debajo, como un agua que no se puede tapar.

Para los jóvenes hispanohablantes que descubren la canción hoy en TikTok o en Spotify, hay una invitación implícita: detenerse. Una canción de menos de cuatro minutos que ha resistido seis décadas porque se niega a ser consumida de manera distraída. Es, en cierto sentido, un acto de resistencia contra la lógica del scroll.

Y luego está la cuestión de la memoria, que es el verdadero tema de la balada original. En un tiempo donde olvidamos cada vez más rápido, donde una noticia desplaza a otra en cuestión de horas, una canción que pide ser recordada, que enumera hierbas como quien enumera nombres en un memorial, adquiere un peso ético inesperado. Recordar es un acto político. Las cuatro hierbas, en pleno 2026, siguen susurrando lo mismo: no me olvides.

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Tres preguntas para seguir pensando:

  1. ¿Qué canciones en español funcionan, como "Scarborough Fair", a la vez como balada de amor y como crítica política encubierta?
  2. ¿Qué hierbas o símbolos de la tradición hispanoamericana podrían componer una "receta espiritual" equivalente a perejil, salvia, romero y tomillo?
  3. ¿Es posible escribir hoy una canción antibélica que llegue tan lejos sin nombrar nunca la guerra?

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