SONGFABLE · 1984

Hallelujah

LEONARD COHEN · 1984 · MONTREAL, CANADA

Hallelujah - Leonard Cohen (1984)

TL;DR: "Hallelujah" no nació como himno. Apareció enterrada en un disco que la propia Columbia Records rechazó publicar en Estados Unidos en 1984. Leonard Cohen tardó cinco años en escribirla, llegó a redactar más de ochenta estrofas y la cantó en público durante una década antes de que el mundo entendiera lo que tenía entre manos. Es una canción sobre la fe rota, el deseo, el Rey David tocando el arpa, una mujer en una bañera y la idea radical de que un aleluya puede ser frío, quebrado, incluso sucio, y aún así seguir siendo sagrado.

El milagro que tardó treinta años en suceder

Hay canciones que llegan al mundo como un trueno y canciones que llegan como un rumor. "Hallelujah" pertenece al segundo grupo. Cuando Leonard Cohen entregó Various Positions a Columbia Records en 1984, Walter Yetnikoff, el legendario y temido presidente del sello, escuchó el disco y pronunció una frase que se convertiría en chiste de la industria: "Leonard, sabemos que eres grande, pero no sabemos si eres bueno". Columbia se negó a distribuir el álbum en Estados Unidos. La canción que hoy aparece en bodas, funerales, ceremonias olímpicas y películas de Disney tuvo que ser publicada por un sello independiente, y pasó casi inadvertida durante años.

El recorrido de "Hallelujah" desde aquel rechazo hasta convertirse en uno de los textos pop más versionados de la historia —se calculan más de trescientas grabaciones oficiales— es uno de los relatos más extraños de la música contemporánea. Es la historia de una canción que necesitó pasar por la voz de John Cale, luego por la garganta arrasada de Jeff Buckley, después por la banda sonora de Shrek y finalmente por un concurso televisivo británico para que el mundo entendiera lo que Cohen había escrito en una habitación del Royalton Hotel de Nueva York, en ropa interior, golpeando su cabeza contra el suelo de moqueta mientras intentaba terminar una estrofa más.

El monje del Mount Baldy y las ochenta estrofas

Para comprender de dónde sale "Hallelujah" hay que entender quién era Cohen en aquel momento. A principios de los ochenta, el poeta de Montreal llevaba dos décadas siendo lo que la crítica anglosajona llamaba the high priest of pathos: un hombre que había abandonado una carrera literaria respetada en Canadá para irse a Nueva York, grabar discos con Judy Collins y John Hammond, y construir una obra que cruzaba el Antiguo Testamento, el budismo zen, el deseo carnal y la depresión clínica como si fueran cuatro idiomas de la misma lengua.

Cohen escribía "Hallelujah" desde 1979. Cinco años de trabajo. En una entrevista posterior con Bob Dylan —los dos compositores se admiraban mutuamente y se intercambiaban canciones como quien intercambia rosarios— Cohen confesó que había llegado a tener ochenta versos. Dylan, que tardaba quince minutos en componer "I and I", lo miró con una mezcla de respeto y desconcierto. Cohen siempre sería el opuesto del genio espontáneo: el artesano obsesivo, el monje copista que llenaba cuadernos con variaciones de la misma línea hasta encontrar la exacta.

Cuando finalmente grabó la canción para Various Positions, eligió una versión profundamente bíblica. Las cuatro estrofas hablaban del Rey David componiendo música para apaciguar a Saúl, de la atracción de David por Betsabé contemplada desde la azotea, del corte de pelo de Sansón a manos de Dalila, y de un narrador que se sitúa frente al "Señor de la canción" con las manos vacías pero con un aleluya en los labios. Era teología disfrazada de balada, con un órgano gospel y un coro femenino que sonaba a iglesia abandonada.

El verdadero significado: el aleluya frío y roto

Si hay una idea central en "Hallelujah" es esta: la palabra "aleluya" no significa necesariamente celebración. Cohen lo explicó muchas veces, con esa paciencia de rabino fatigado que tenía cuando hablaba con periodistas. El término hebreo —hallelu-Yah, "alabad a Yah"— aparece en los Salmos, sí, pero Cohen lo desarmaba. Hay un aleluya religioso, decía, y hay otro que no requiere fe alguna. Hay un aleluya pronunciado con devoción y otro pronunciado con la voz quebrada después de haber sido derrotado por la vida.

La canción describe varios aleluyas. El aleluya extático del Rey David ante Dios. El aleluya carnal de David ante Betsabé desnuda. El aleluya traicionado de Sansón cuando Dalila le corta el pelo. Y un cuarto, el más importante: el aleluya del propio narrador, que no tiene nada que ofrecer salvo la constatación de que el amor humano es un campo de ruinas y que, incluso allí, en medio del desastre, alguien sigue cantando.

Esta es la clave que se pierde cuando "Hallelujah" se convierte en banda sonora de momentos lacrimógenos. Cohen no escribió una oración. Escribió un tratado sobre la imposibilidad de separar lo sagrado de lo profano, sobre el deseo como vía espiritual, sobre el fracaso como forma de oración. Cuando una versión posterior —la que cantó John Cale en 1991 y que Buckley convertiría en mito— sustituyó las estrofas bíblicas por estrofas eróticas y melancólicas, Cohen no se opuso. Al contrario: en sus conciertos posteriores empezó a mezclar versos de ambas versiones, como si demostrara que las dos caras de la canción eran la misma moneda.

Por qué resuena en el mundo hispanohablante

En América Latina y España, "Hallelujah" llegó tarde y por caminos torcidos. La generación que en los ochenta escuchaba a Soda Stereo en Signos o a Maná dando sus primeros pasos en Guadalajara, no conocía a Cohen en absoluto. El canadiense era un secreto de melómanos, un nombre que circulaba entre lectores de poesía y aficionados al folk. Fue la versión de Jeff Buckley, vía MTV y la cultura del CD importado a finales de los noventa, la que abrió la puerta. Y fue Shrek, en 2001, lo que llevó la canción a los hogares de toda Iberoamérica sin que nadie supiera muy bien quién la había escrito.

Hay algo profundamente latinoamericano, sin embargo, en el modo en que Cohen entiende lo sagrado. La región vive desde hace siglos esa misma tensión que recorre "Hallelujah": el catolicismo barroco que santifica el cuerpo herido, el sincretismo que mezcla santos y orishas, la poesía mística de San Juan de la Cruz que habla del amor a Dios con metáforas explícitamente eróticas. Cuando Cohen dice que el aleluya puede ser frío y roto, está diciendo algo que cualquier lector de Sor Juana Inés de la Cruz o de César Vallejo reconocería de inmediato. Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, escribió Vallejo. Cohen habría asentido.

Quizá por eso "Hallelujah" ha entrado con tanta naturalidad en los repertorios de festivales y homenajes en la región. Se ha escuchado en el Auditorio Nacional de Ciudad de México, en versiones de coros gospel en Buenos Aires, en bodas en Sevilla y en Bogotá. Enrique Bunbury la ha citado en entrevistas. Andrés Calamaro le ha rendido tributo de forma elíptica. La canción funciona en español traducida —existen versiones razonables— pero funciona aún mejor cuando se canta en su inglés original y se entiende, palabra por palabra, lo que Cohen está diciendo: que la fe sin grietas no es fe, es decorado.

Por qué sigue importando hoy

En 2026, cuando vivimos saturados de canciones algorítmicas diseñadas para retener la atención durante quince segundos en TikTok, "Hallelujah" propone exactamente lo contrario. Es una balada de seis o siete minutos, sin estribillo radial, con una estructura armónica que cualquier estudiante de música conoce como ejercicio escolar (el famoso patrón I-vi-IV-V que Cohen menciona, casi en broma, dentro de la propia letra) y que sin embargo no envejece.

Resiste porque dice algo que ninguna canción de plataforma se atreve a decir: que la vida adulta consiste, en buena medida, en aprender a celebrar lo que está roto. Resiste porque Cohen no juzga a sus personajes —ni a David, ni a Sansón, ni al narrador derrotado— y porque tampoco juzga al oyente. La canción funciona en un funeral porque acepta la muerte. Funciona en una boda porque acepta que toda boda contiene, en germen, el riesgo del fracaso. Funciona en una ceremonia olímpica porque acepta que el triunfo siempre es provisional.

También resiste por una razón menos lírica y más sociológica. En una época en que las grandes narrativas religiosas se han fragmentado y en que millones de personas se declaran "espirituales pero no religiosas", "Hallelujah" ofrece exactamente eso: una espiritualidad portátil, sin templo, sin doctrina, basada en la idea de que la experiencia humana —el deseo, la pérdida, el asombro— ya es de por sí materia sagrada. No es casualidad que la canción haya sido adoptada por audiencias judías, cristianas, agnósticas y francamente ateas. Cohen, monje budista ordenado en Mount Baldy en los años noventa, había encontrado un lenguaje espiritual que no exigía credo previo.

Y resiste, finalmente, porque Leonard Cohen murió en noviembre de 2016, pocos días después de publicar You Want It Darker, y porque su voz —ese barítono que con la edad se había convertido en algo parecido al rugido lento de un león anciano— quedó congelada en la memoria colectiva como la del último profeta menor del pop occidental. Cuando se escucha "Hallelujah" hoy, se escucha también esa ausencia.

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  1. ¿Qué versión de "Hallelujah" debería escuchar primero alguien que nunca la ha oído: la original de Cohen, la de Buckley o alguna otra?
  2. ¿Por qué la canción ha sido adoptada tanto por audiencias religiosas como por audiencias profundamente seculares?
  3. ¿Qué otras canciones de Leonard Cohen merecen el mismo nivel de atención que "Hallelujah"?
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