SONGFABLE · 2017

Best Part

DANIEL CAESAR · 2017

TL;DR: Parece una balada de amor tranquila, pero "Best Part" es en realidad una oración disfrazada: un chico criado entre himnos religiosos, que llegó a dormir en sofás ajenos, tomó el lenguaje de la fe y lo usó para decirle a otra persona que ella es tan indispensable como el sol y el agua.
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La verdad que casi nadie nota

Si uno escucha "Best Part" en una fiesta, en una boda o en una playlist de fondo, lo más probable es que la registre como lo que aparenta ser: una canción suave, dulce, perfecta para bailar pegados. Pero hay un detalle que cambia por completo la lectura. Daniel Caesar creció dentro de una iglesia. Su padre, según se ha contado en varias entrevistas, era cantante de música gospel, y el hogar en el que Ashton Simmonds —ese es su nombre real— pasó su infancia estaba organizado alrededor del canto religioso. Cuando uno vuelve a la canción con ese dato en la cabeza, empieza a escuchar otra cosa: la estructura no es la de una canción pop de seducción, sino la de una alabanza.

La devoción que expresa "Best Part" no tiene nada de casual ni de coqueto. No hay conquista, no hay juego, no hay esa tensión típica del R&B de alcoba. Hay algo más parecido a la gratitud. El narrador no está intentando ganarse a nadie: está agradeciendo que esa persona exista. Y ese giro, casi imperceptible, es lo que separa a esta canción de las mil baladas románticas que salieron el mismo año. Caesar tomó el vocabulario emocional con el que se le canta a lo sagrado y lo dirigió hacia una persona de carne y hueso. El resultado es una canción de amor que suena a fe.

Hay otro detalle que suele pasar desapercibido. La voz femenina que responde en el tema pertenece a H.E.R., la artista estadounidense Gabriella Wilson, que en 2017 todavía se escondía detrás de unas gafas oscuras y de un proyecto deliberadamente anónimo. Nadie sabía con certeza quién era. Dos artistas jóvenes, ambos en los márgenes de la industria, grabaron juntos una canción de menos de cuatro minutos que terminaría ganando un Grammy y convirtiéndose en uno de los grandes himnos amorosos de su generación.

De dormir en sofás a los Grammy

Daniel Caesar nació en Oshawa, una ciudad industrial en la provincia canadiense de Ontario, a las afueras del área metropolitana de Toronto. Su educación fue estricta y profundamente religiosa, algo que él mismo ha descrito como una influencia doble: le dio un oído musical extraordinario y, al mismo tiempo, una sensación de encierro. En la adolescencia rompió con esa estructura. Fue expulsado de la escuela y, alrededor de los diecisiete años, se marchó de casa rumbo a Toronto sin plan ni red de apoyo. Durante un tiempo vivió en una situación precaria, durmiendo en casas de amigos y, según se ha reportado, algunas noches sin techo fijo.

Ese periodo es fundamental para entender su música. Caesar no llegó al R&B desde la comodidad, sino desde una especie de exilio personal: había dejado atrás su comunidad, su iglesia y su familia, y estaba buscando algo que llenara ese hueco. La música fue el reemplazo. Junto a sus colaboradores y productores Matthew Burnett y Jordan Evans, montó una operación independiente, sin sello discográfico grande detrás, y empezó a publicar EPs que circularon de boca en boca por internet.

Cuando en 2017 apareció Freudian, su primer álbum completo, casi nadie esperaba lo que ocurrió. Un disco autoeditado, grabado con recursos modestos en Toronto, sin campaña millonaria ni respaldo corporativo, se coló en las conversaciones sobre lo mejor del año. "Best Part" fue una de sus piezas centrales. En 2019, la canción ganó el Grammy a la Mejor Interpretación de R&B, y el álbum entero fue nominado en la categoría de Mejor Álbum de R&B. Un artista que unos años antes no tenía dónde dormir estaba recogiendo una estatuilla dorada.

Aquí conviene detenerse en algo que conecta directamente con el oído latinoamericano. La tradición de la canción de devoción absoluta —esa en la que alguien le dice a otra persona que sin ella el mundo pierde sentido— no es ninguna novedad en México ni en América Latina. Es, de hecho, la columna vertebral del bolero. Piezas como "Sabor a mí" de Álvaro Carrillo, o el repertorio de Los Panchos, hacen exactamente lo mismo que hace Caesar: convierten a la persona amada en algo elemental, imprescindible, casi cósmico. Cuando "Best Part" empezó a sonar en fiestas de Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires, cayó en un terreno emocionalmente preparado. El idioma era otro, el ritmo era otro, pero el gesto era familiar. Es una serenata contemporánea.

También hay un puente generacional evidente. En los años en que salió Freudian, una nueva ola de R&B alternativo empezaba a ganar terreno entre el público joven de la región, conviviendo en las mismas playlists con el reguetón y el trap latino. Artistas como Kali Uchis, con raíces colombianas, ayudaron a que ese sonido cálido y de bajo tempo dejara de sentirse ajeno. "Best Part" fue, para muchísimos oyentes latinoamericanos, la puerta de entrada a todo ese universo.

Lo que realmente dice la canción

La letra de "Best Part" se construye sobre una idea muy simple y muy poderosa: comparar a la persona amada con los elementos básicos que sostienen la vida. La luz del sol y el agua aparecen como referencias centrales. No se trata de un adorno poético cualquiera. Al elegir esas dos cosas, Caesar dice algo específico: no eres un lujo, no eres un capricho, no eres alguien de quien podría prescindir. Eres del tipo de cosas sin las cuales un cuerpo no funciona.

Sobre esa base, la canción despliega un segundo movimiento. El narrador reconoce que ha estado buscando durante mucho tiempo, y que esa búsqueda terminó. No hay ansiedad, no hay incertidumbre, no hay ese "¿me querrás mañana?" que domina buena parte del pop romántico. Lo que hay es una especie de descanso. La sensación de haber llegado. Y de ahí surge la frase que da título al tema: esa persona es lo mejor de él, lo mejor de su día, la parte que salva todo lo demás.

Cuando entra la voz de H.E.R., la canción cambia de forma. En lugar de contestar con reservas o con dudas, ella devuelve la misma entrega. Y ese es el detalle estructural más interesante: "Best Part" no es un diálogo de negociación amorosa, sino un eco. Los dos narradores dicen esencialmente lo mismo desde lados opuestos. Se trata de dos personas convencidas de que la otra es el centro de gravedad de su vida. Esa simetría es rara en el R&B, donde lo habitual es el desequilibrio: alguien quiere más, alguien duda, alguien se va.

Musicalmente, el arreglo refuerza el mensaje. La canción se apoya en una guitarra limpia y repetitiva, casi hipnótica, con muy poco encima. No hay batería aparatosa, no hay grandes crescendos, no hay demostraciones vocales de gimnasio. Caesar y H.E.R. cantan en un registro cercano, íntimo, como quien habla al oído. La producción deja espacios de aire por todas partes. Ese vacío es intencional: obliga al oyente a acercarse. Es la misma lógica de una habitación en penumbra, donde bajar la voz hace que todo suene más verdadero.

Y en el fondo de todo sigue latiendo el origen religioso. La estructura emocional de la canción —reconocer una carencia, encontrar algo que la llena, agradecerlo públicamente— es idéntica a la de un himno. Caesar simplemente cambió el destinatario. En lugar de dirigirse hacia arriba, se dirige hacia el costado, hacia la persona que tiene al lado. Para alguien que creció cantando en una iglesia y luego se alejó de ella, ese desplazamiento cuenta una historia entera.

De Toronto al mundo: la vida secreta de la canción

"Best Part" tuvo una carrera curiosa. No fue un éxito instantáneo de radio ni entró como bala en las listas comerciales. Creció lentamente, por el camino más lento y más sólido: la recomendación personal. Alguien se la pasaba a alguien. Aparecía en una playlist compartida. Sonaba en un café. Y de pronto, sin que ningún departamento de marketing lo hubiera planeado, se había convertido en la canción de fondo de una generación entera de relaciones.

Su territorio natural terminaron siendo las bodas. En Estados Unidos, en Canadá y también en México y buena parte de América Latina, "Best Part" se instaló como uno de los temas más pedidos para el primer baile. Tiene sentido: es una canción de compromiso, no de coqueteo. Habla de haber encontrado, no de estar buscando. Para una pareja que se está casando, ese matiz lo es todo. Con el tiempo también empezó a aparecer en videos de aniversarios, en pedidas de mano, en recopilaciones familiares y, más tarde, en incontables clips de redes sociales donde la gente muestra a sus parejas, a sus hijos o a sus amigos.

Otro fenómeno interesante es la cantidad de versiones que generó. Es una canción endiabladamente atractiva para músicos jóvenes: los acordes son accesibles, el tempo es amable y deja muchísimo espacio para lucir la voz. En YouTube y en las redes proliferaron covers en decenas de idiomas, incluidas numerosas adaptaciones y traducciones al español hechas por cantantes independientes de toda la región. Pocas canciones de su época se han cantado tanto en salas de casa, en azoteas y en salones de ensayo.

El impacto sobre las carreras de sus dos protagonistas también fue enorme. Para Caesar, Freudian lo estableció como una de las voces más singulares del R&B contemporáneo y demostró que era posible construir una carrera de gran alcance sin firmar con una discográfica mayor. Para H.E.R., el tema funcionó como una de las primeras grandes presentaciones ante el gran público, antes de que su identidad se volviera plenamente conocida y de que acumulara varios Grammy propios. Ambos venían de los márgenes; la canción los empujó al centro.

Por qué sigue resonando hoy

Han pasado varios años desde 2017 y "Best Part" no ha envejecido ni un poco. Una de las razones es puramente sonora: al no depender de ningún truco de producción de moda, no quedó atrapada en su época. Una guitarra, dos voces y silencio. Ese tipo de arreglo funcionaba hace cincuenta años y seguirá funcionando dentro de cincuenta más.

Pero la razón más profunda es emocional. Vivimos en una época en que las relaciones se administran con aplicaciones, en que la opción siempre parece estar a un deslizamiento de distancia y en que buena parte del discurso romántico popular gira alrededor de la desconfianza, la ambigüedad y el miedo al compromiso. En ese contexto, una canción que afirma sin rodeos que ya no hay nada más que buscar resulta casi provocadora por lo directa. No propone un juego. Propone una certeza.

Hay algo más, quizás lo más importante. La canción funciona igual de bien fuera del amor de pareja. Muchos oyentes la asocian con sus madres, con sus hermanos, con amistades que los sostuvieron en un mal momento. La idea de que alguien es la mejor parte de tu día es lo suficientemente amplia para caber en cualquier vínculo que de verdad importe. Esa elasticidad explica por qué aparece tanto en bodas como en videos de recuerdos familiares.

Para el oyente latinoamericano existe además esa resonancia con la tradición del bolero y de la serenata, esa costumbre cultural de decir las cosas grandes sin ironía, de declarar el amor a todo volumen y sin pedir disculpas. En una era donde a menudo se disfraza el sentimiento con humor o con distancia, Daniel Caesar hizo lo contrario. Se paró frente al micrófono con la sinceridad de alguien que aprendió a cantar en una iglesia y dijo, sin protegerse, lo que sentía. Ese gesto no caduca.


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