SONGFABLE · 2018

Nobody

MITSKI · 2018

TL;DR: "Nobody" suena como una invitación a la pista de baile, pero en realidad es una de las confesiones de soledad más crudas del pop reciente: una mujer que necesita tanto ser tocada por alguien que el deseo se vuelve casi insoportable, y que decide bailar para no derrumbarse.
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Una fiesta donde nadie llegó

Hay canciones que te engañan en los primeros diez segundos, y "Nobody" es la reina de ese truco. Arranca con un piano saltarín, una batería con aire de discoteca setentera y una guitarra que parece salida de una pista con bola de espejos. Todo en ella dice "levántate y baila". Y sin embargo, cuando uno pone atención a lo que Mitski está diciendo, descubre que la fiesta está vacía. No hay invitados. No hay pareja. Solo una mujer sola en un cuarto, pidiendo con una sinceridad que da vértigo que alguien, quien sea, se acerque.

Esa contradicción es el corazón de la canción y también la razón por la que se convirtió en un fenómeno. "Nobody" no es una balada triste que te pide que llores; es una canción triste que te pide que bailes mientras lloras. Para cualquiera que haya crecido en México o en América Latina, esa mezcla resulta extrañamente familiar. Es lo que pasa en tantas fiestas cuando suena una cumbia de desamor y todos cantan a gritos la parte más dolorosa con una cerveza en la mano. El dolor y el baile, aquí, no son enemigos: se acompañan.

Mitski, la eterna recién llegada

Para entender de dónde sale tanta soledad hay que conocer un poco la historia de Mitski Miyawaki. Nació en Japón en 1990, hija de madre japonesa y padre estadounidense, y pasó la infancia y adolescencia mudándose constantemente por el trabajo de su padre. Según ella misma ha contado en entrevistas, vivió en lugares tan distintos como la República Democrática del Congo, Malasia, China, Turquía y la República Checa, antes de instalarse en Estados Unidos para estudiar composición en el conservatorio de la Universidad Estatal de Nueva York en Purchase.

Esa vida de maleta siempre lista le dejó una sensación que aparece una y otra vez en su obra: la de no pertenecer del todo a ningún sitio. En varias ocasiones ha hablado de sentirse demasiado japonesa para algunos y demasiado estadounidense para otros, siempre en tierra de en medio. Quien haya vivido la migración, ya sea la de un pueblo de Michoacán a Chicago o la de Buenos Aires a Madrid, reconoce de inmediato esa sensación de mirar las ventanas iluminadas de los demás sin saber bien dónde está la propia.

Para 2018 Mitski ya tenía una reputación sólida en la escena independiente gracias a discos como "Bury Me at Makeout Creek" (2014) y "Puberty 2" (2016), con canciones intensas, guitarras distorsionadas y letras que parecían arrancadas de un diario. Pero con su quinto álbum, "Be the Cowboy", quiso cambiar de piel. Según explicó entonces, imaginó el disco desde la perspectiva de una mujer muy controlada, casi glacial, que de pronto empieza a perder el control. El título mismo funcionaba como un mantra: actuar con la seguridad del vaquero solitario de las películas, el que entra al salón sin pedir permiso.

"Nobody" fue lanzada como sencillo en junio de 2018, poco antes de la salida del álbum en agosto, y fue producida junto a su colaborador de siempre, Patrick Hyland. Se dice que Mitski la escribió durante una etapa de aislamiento muy fuerte, según algunas versiones en un cuarto de hotel durante una estancia en Malasia, en un momento en el que sentía que llevaba demasiado tiempo sin conexión humana real. El resultado fue su canción más bailable hasta entonces, y también una de las más desoladas.

Lo que realmente dice la canción

Sin citar sus versos, se puede describir el viaje emocional de "Nobody" con bastante precisión. La narradora empieza contando su situación con una mezcla de ironía y agotamiento: se siente sola, lo dice sin rodeos, y reconoce que hasta sus propios pensamientos le parecen exagerados. Hay un momento en que compara su soledad con las grandes catástrofes del mundo, como si se diera cuenta de lo absurdo que es sentir que su vacío personal pesa tanto, y aun así no poder evitarlo.

Luego viene una idea especialmente afilada: la de una persona que ya ni siquiera aspira al amor romántico grande y perfecto, sino a algo mucho más pequeño y humano. Un roce, una presencia, un beso que no tenga que significar nada. Esa es quizá la línea más dolorosa de la canción, porque desmonta la fantasía del gran amor y la reemplaza con una necesidad básica, casi física. No pide a "la persona indicada". Pide a cualquiera.

También aparece la sensación de abrir la ventana y escuchar a los vecinos, a la ciudad, la vida de los demás sucediendo a pocos metros, mientras ella sigue encerrada. Es una imagen que conecta con la experiencia moderna de estar rodeado de millones de personas y, aun así, no tener a quién llamar.

Y finalmente está el estribillo, que repite una sola palabra una y otra vez: la palabra del título. Mitski la canta tantas veces que deja de sonar como un concepto y se vuelve un sonido, una especie de eco que rebota en un cuarto vacío. Esa repetición es genial porque funciona en dos niveles. En la pista de baile es un gancho pegajoso que todo el mundo puede corear. En los audífonos, a solas de madrugada, es casi un grito de auxilio.

Lo más inteligente de todo es cómo la música contradice la letra. La producción es luminosa, con ecos de música disco y del pop de los años setenta. Es como si la narradora se vistiera con lentejuelas para ocultar que no ha salido de casa en días. Esa distancia entre lo que se oye y lo que se dice es el sello de "Be the Cowboy": una mujer que actúa bien, que sonríe, que baila, mientras por dentro se desmorona.

El videoclip y el disco del año

El video oficial, dirigido según los créditos por Christopher Good, llevó esa idea a lo visual con un toque surrealista. Mitski aparece en un pequeño departamento, rodeada por un mundo de casas en miniatura y personajes que parecen observarla sin realmente verla. Hay humor, hay extrañeza y hay una melancolía muy controlada, en sintonía con la personalidad del disco.

"Be the Cowboy" fue recibido como una obra maestra. La revista Pitchfork lo nombró el mejor álbum de 2018, y numerosas publicaciones lo colocaron en sus listas de lo mejor del año. "Nobody", en particular, apareció en recuentos de las mejores canciones de 2018 y, más adelante, de la década. Para muchos oyentes fue la puerta de entrada al universo de Mitski.

Una segunda vida en internet

Lo curioso es que la historia de "Nobody" no terminó en 2018. Años después, especialmente durante y después de la pandemia, la canción encontró un público nuevo en redes sociales como TikTok. De pronto, miles de personas que pasaban semanas encerradas usaban el tema para hablar con humor de su propia soledad: videos bailando solos en la cocina, frente al espejo, en cuartos desordenados. Lo que Mitski había escrito como una confesión íntima se volvió un himno colectivo de la generación aislada.

Ese fenómeno ayudó a que Mitski pasara de ser un secreto de la escena indie a convertirse en una figura masiva, con giras de entradas agotadas en todo el mundo. En América Latina, su base de fans creció de forma notable, y es común ver en redes a jóvenes de Ciudad de México, Guadalajara, Bogotá, Santiago o Buenos Aires compartiendo sus canciones como si fueran cartas personales. Mitski se convirtió en una especie de santa patrona del "sad girl" contemporáneo, aunque ella misma ha mostrado cierta incomodidad con que su obra se reduzca a una etiqueta.

El bolero que no sabía que era bolero

Hay algo en "Nobody" que dialoga, quizá sin proponérselo, con una tradición muy latinoamericana. El bolero, la ranchera y la canción de despecho llevan décadas haciendo exactamente lo mismo: convertir el abandono en espectáculo, el dolor en algo que se puede cantar en voz alta y compartir. Cuando Juan Gabriel o José José cantaban su soledad, lo hacían ante estadios llenos, y esa paradoja de sentirse solo junto a miles de personas es precisamente la que Mitski captura.

La diferencia es el tono. Donde el bolero clásico es solemne y dramático, Mitski es irónica, casi autoconsciente. Se ríe un poco de sí misma mientras se rompe. Esa combinación de humor y herida conecta muy bien con la sensibilidad latinoamericana, que sabe reírse de la tragedia sin dejar de sentirla. No es casualidad que tantos fans en la región la escuchen con la misma devoción con la que sus padres escuchaban a Rocío Dúrcal.

Por qué sigue doliendo, y por qué sigue gustando

Vivimos en una época paradójica. Nunca habíamos estado tan conectados y, según numerosos estudios sobre salud pública, la soledad se ha vuelto una preocupación seria en muchos países. "Nobody" pone nombre a esa experiencia sin dramatismos innecesarios y sin ofrecer soluciones falsas. No dice que todo va a estar bien. Solo dice que esto pasa, que se siente así, y que está bien bailarlo.

Además, la canción tiene una honestidad poco común sobre el deseo. Admite algo que mucha gente siente y pocas canciones dicen: que a veces no buscamos el gran romance, sino simplemente no estar solos esta noche. Esa franqueza, mezclada con una melodía irresistible, es lo que la mantiene viva en las listas de reproducción años después de su estreno.

Y quizá lo más bonito es que, al escucharla en un concierto, rodeado de miles de personas que corean esa misma palabra al unísono, la canción se desmiente a sí misma. Por unos minutos, nadie está solo.


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