SONGFABLE · 1975

Kashmir

LED ZEPPELIN · 1975

TL;DR: "Kashmir" no trata realmente de Cachemira. Robert Plant escribió la letra cruzando en coche el desierto del Sáhara, en el sur de Marruecos, en 1973. Es una canción sobre el viaje interior, sobre la sensación de ser un grano de arena ante algo inmenso. Jimmy Page la consideraba siempre la joya de la corona de Led Zeppelin —por encima incluso de "Stairway to Heaven"—. Esa sección de cuerdas en compás 3/4 mientras la batería de Bonham sigue en 4/4 es uno de los trucos rítmicos más elegantes del rock. Si alguna vez has conducido de madrugada por una carretera vacía y has sentido que el tiempo se detenía, ya conoces la canción aunque nunca la hayas escuchado.

El primer acorde que no termina nunca

¿Alguna vez has puesto un disco y, antes de que cante nadie, ya sabías que ibas a estar callado un rato? "Kashmir" es de esos. Empieza con esa cuerda que sube, baja, sube otra vez, como si alguien estuviera dibujando una duna con el dedo. No hay prisa. Hay una certeza extraña, como la de un camello que conoce el camino aunque tú no.

Yo creo que pocas canciones de rock atrapan tan rápido. No es un riff que te golpea —como "Whole Lotta Love" o "Black Dog"—, es un riff que te envuelve. Y eso, viniendo de Led Zeppelin, es decir mucho. Estos eran los tipos que hacían temblar los estadios. Aquí, en cambio, te invitan a sentarte.

Salió en 1975, en el doble álbum Physical Graffiti. Y, ¿sabes qué?, mucha gente piensa que es una canción "sobre la India" o "sobre Asia". No lo es. La historia es más interesante.

El Sáhara, no el Himalaya

Robert Plant escribió la mayor parte de la letra en 1973, después de un concierto en Marruecos. Iba conduciendo con un amigo desde Goulimine hacia el sur, en pleno desierto, por una carretera larguísima y completamente recta. Era esa hora del día en que el calor distorsiona el horizonte y uno empieza a dudar si lo que ve es real. Plant contó después que la carretera no giraba durante kilómetros, que el cielo era tan grande que daba un poco de miedo, y que de pronto entendió por qué los antiguos peregrinos hablaban de Dios cuando cruzaban desiertos.

Curiosamente, nunca había estado en Cachemira. El nombre le sonaba lejano, evocador, con esa "K" que en inglés suena como una piedra cayendo en un pozo. Buscaba una palabra que significara "más allá", no un lugar geográfico. Si la canción se llamara "Sáhara" hoy probablemente la sentiríamos distinta —más concreta, menos mítica.

Jimmy Page, mientras tanto, trabajaba en el riff desde antes. Lo había compuesto en una afinación abierta llamada DADGAD, una afinación que los guitarristas folk británicos usaban para tocar música celta y que tiene un sonido ligeramente "modal", como si no terminara de decidirse entre alegre y triste. Page descubrió que esa afinación servía también para sonar "oriental", aunque la palabra "oriental" siempre fue un poco perezosa. En realidad lo que sonaba era misterioso, que no es lo mismo.

John Bonham —Bonzo, el batería que muchos consideran el mejor de la historia del rock— hizo aquí algo asombroso. Mientras la orquesta de cuerdas y vientos (arreglada por John Paul Jones, el bajista y multiinstrumentista) toca en compás de 3/4, su batería sigue firme en 4/4. Los dos ritmos avanzan a la vez sin chocar. Es como ver dos ríos correr en paralelo: parecen ir al mismo sitio, pero cada uno tiene su propia corriente. He visto a baterías jóvenes intentar copiar eso y rendirse a los diez minutos.

¿De qué trata realmente?

Aquí es donde, creo, mucha gente se pierde. Plant no escribió una canción sobre un país. Escribió sobre la sensación de estar viajando y darse cuenta de que el viaje no es ir de A a B, sino algo que te ocurre por dentro. La letra menciona ancianos sabios, polvo, soles que no se ponen, caravanas. Pero el verdadero tema —y esto Plant lo ha dicho en entrevistas— es la humildad. La sensación pequeñita que te da estar rodeado de algo enorme.

Hay un detalle que me gusta mucho. Plant ha contado que parte de la inspiración vino también de leer sobre la civilización persa, sobre los sufíes, sobre poetas como Rumi. No es una canción religiosa, pero tiene esa textura de poema místico antiguo donde el "yo" se disuelve. Cuando canta sobre llevarse a alguien a un lugar lejano, no está hablando de turismo. Está hablando de un estado mental.

Y luego está la pregunta que mucha gente se hace: ¿no es esto apropiación cultural? Bueno, es una conversación válida. Led Zeppelin en los 70 mezclaba blues americano, folk británico, ecos del Magreb y de la India sin pedir mucho permiso. Pero "Kashmir" tiene algo distinto: no imita, traduce. Page y Jones contrataron músicos egipcios y orquestas árabes de Londres para grabarla. No copiaron una escala "exótica", construyeron un puente. Y un puente, por definición, se cruza desde ambos lados.

Una conexión con los oídos hispanohablantes

¿Sabes qué pienso? Que en el mundo hispanohablante "Kashmir" tiene un parentesco emocional con cierta música que muchos llevamos dentro sin darnos cuenta.

Pensemos en Héroes del Silencio, los de Zaragoza. Cuando Enrique Bunbury cantaba "Maldito Duende" o "Entre dos tierras", esa atmósfera densa, ese drama solemne con guitarras que parecen abrirse paso entre la niebla —tiene un primo lejano en "Kashmir". No es casualidad. Juan Valdivia, el guitarrista de Héroes, ha citado a Jimmy Page como una de sus influencias claras. La idea de un riff que no es solo un riff, sino una atmósfera, está ahí.

Soda Stereo también supo de esto. Canción Animal (1990) tiene momentos en que Cerati construye paisajes en vez de canciones, y "Té para tres" o "En la ciudad de la furia" comparten con "Kashmir" esa idea de que el rock puede ser cinematográfico, casi orquestal. Cerati admiraba mucho a Led Zeppelin —en sus últimas giras solía decir que Physical Graffiti fue uno de los discos que más escuchó de adolescente en Buenos Aires.

Y luego está Café Tacvba (o Tacuba, según el año), que en Re (1994) hizo justo eso que hace "Kashmir": fundir tradiciones distintas en algo nuevo. Cuando mezclan banda mexicana con ska, con punk, con bolero —están haciendo, a su modo, lo que Page y Jones hicieron al traer cuerdas árabes a un riff de rock británico. Construir un puente.

Maná, en ¿Dónde Jugarán los Niños?, también tiene momentos así de épicos. Y El Tri, los maestros del rock urbano mexicano de Alex Lora, llevan décadas mostrando que el rock en español puede ser tan denso y tan terroso como el blues del Mississippi. Si te criaste oyendo "Las piedras rodantes" de El Tri y luego descubriste "Kashmir", quizá sentiste que ya conocías el camino.

Hay otra cosa que me parece bonita. En España, Madrid tenía en los 70 unas tiendas de discos legendarias en la zona de Gran Vía y Malasaña —el Madrid de la Movida estaba a la vuelta de la esquina—. Allí se vendía Physical Graffiti importado, caro, casi clandestino. En México, en la calle Madero del centro o en el Tianguis del Chopo, los discos de Led Zeppelin pasaban de mano en mano como objetos sagrados. En Buenos Aires, en Cabildo y en Corrientes, lo mismo. La canción cruzó el Atlántico cargada de mito.

¿Por qué sigue importando hoy?

Hace poco un chico de veintipocos me decía que escuchaba "Kashmir" cuando programaba código de madrugada. Le pregunté por qué. Me dijo: "porque no me distrae, pero me acompaña". Creo que esa es buena parte de la respuesta.

Vivimos rodeados de canciones de tres minutos diseñadas para gustarnos en quince segundos. "Kashmir" dura ocho minutos y treinta y tantos segundos, y los primeros dos no hay voz. Es una canción que pide tiempo. Y, paradójicamente, en una época en la que el tiempo es lo más escaso, hay gente joven que está volviendo a esto. Lo veo. Vienen chavales preguntando por vinilos de Led Zeppelin que sus padres tenían, los compran, se los llevan, se sientan a escuchar el lado entero.

Hay otra razón. "Kashmir" trata, en el fondo, de la pequeñez. De aceptarla. En una cultura que nos empuja constantemente a ser visibles, a destacar, a producir, una canción que celebra la sensación de ser un grano de arena ante el desierto es casi un acto de rebeldía. Te recuerda que está bien no ser el centro.

Y luego está la música, claro. Ese tema rítmico de 3 contra 4 ha influido en gente tan distinta como Tool, Soundgarden, Nine Inch Nails, Massive Attack —Puff Daddy la sampleó para "Come With Me" en la banda sonora de Godzilla (1998), con Page tocando en vivo. Cada generación encuentra una puerta distinta para entrar.

Si nunca la has oído con buenos auriculares, házlo. Y si la conoces desde hace décadas, vuelve. Te juro que aparecen detalles que no recordabas: un mellotron al fondo, una percusión árabe casi inaudible, un eco en la voz de Plant que parece venir de otra habitación.


Cómo profundizar más

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Tres preguntas para seguir pensando:

  1. ¿Hay alguna canción en español —Soda Stereo, Héroes del Silencio, Café Tacvba, El Tri— que te haya dado la misma sensación de "viaje interior" que "Kashmir"? ¿Cuál y por qué?
  2. Si tuvieras que escribir una canción sobre un paisaje real que te haya marcado —el desierto de Atacama, los Andes, el malecón de La Habana, la Patagonia—, ¿qué instrumento elegirías para abrirla?
  3. ¿Crees que una canción de ocho minutos sin estribillo pegadizo puede volver a ser popular hoy, o el algoritmo lo hace imposible?
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