SONGFABLE · 1976

The Boys Are Back in Town

THIN LIZZY · 1976 · DUBLIN, IRELAND

TL;DR: El himno definitivo de la fiesta del regreso fue, en realidad, el último cartucho de una banda al borde de la disolución: una canción que casi se queda fuera del disco y que su autor, un irlandés negro criado entre prejuicios en Dublín, escribió como una carta de amor a las pandillas obreras que lo hicieron sentir parte de algo.
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El himno que casi no existió

Aquí va la verdad incómoda detrás de uno de los riffs más reconocibles del rock: "The Boys Are Back in Town" estuvo a punto de no ser publicada. Cuando Thin Lizzy entregó las cintas de su álbum Jailbreak en 1976, la banda estaba prácticamente desahuciada. Sus discos anteriores habían fracasado comercialmente, la disquera estaba lista para soltarles la mano, y la canción que hoy suena en cada estadio, cada cantina y cada película de reencuentros ni siquiera figuraba entre las favoritas del grupo para ser sencillo. Se dice que fueron locutores de radio en Estados Unidos —según la leyenda más repetida, una estación de Louisville, Kentucky— quienes empezaron a tocarla por cuenta propia hasta que la disquera no tuvo más remedio que lanzarla.

Piénsalo un segundo: la canción que celebra el regreso triunfal de los muchachos fue, literalmente, el regreso triunfal de la banda que la grabó. Si ese sencillo fallaba, Thin Lizzy desaparecía. No falló. Llegó al Top 10 británico, al Top 20 estadounidense, y convirtió a Phil Lynott —bajista, vocalista, poeta y figura única en la historia del rock— en una estrella internacional. Es uno de esos casos donde la vida imita al arte con una puntería casi cruel.

Phil Lynott: el dublinés que no se parecía a nadie

Para entender esta canción hay que entender a su autor, porque Phil Lynott no era un rockero más. Nacido en 1949 en Inglaterra, hijo de madre irlandesa y padre originario de la Guayana Británica, Phil creció en Crumlin, un barrio obrero de Dublín, criado por su abuela. Era, en la práctica, uno de los poquísimos niños negros en la Irlanda católica y homogénea de los años cincuenta. Esa experiencia —ser de un lugar y al mismo tiempo que te recuerden constantemente que eres distinto— marcó toda su escritura.

Y aquí hay algo que cualquier lector mexicano o latinoamericano va a reconocer de inmediato: Lynott escribía sobre la pertenencia con la intensidad de quien tuvo que ganársela. Su literatura favorita eran los corridos de su propia ciudad, por así decirlo: relatos de tipos duros, leales, peleoneros y sentimentales. Si los corridos mexicanos convierten en mito al valiente del pueblo, Lynott hacía exactamente lo mismo con los muchachos de los pubs de Dublín y Manchester. La sensibilidad es hermana: el héroe de barrio, la cantina como templo, la lealtad del grupo por encima de todo, y esa mezcla de bravuconería y ternura que define tanto al rock irlandés como a la música norteña. No es casualidad que Thin Lizzy haya grabado antes "Whiskey in the Jar", una balada tradicional irlandesa sobre un asaltante de caminos: el bandido generoso es patrimonio compartido de Irlanda y de América Latina.

Jailbreak se grabó en Londres en un momento de presión absoluta. El productor John Alcock y la banda sabían que era la última oportunidad. La alineación era de oro: Lynott al bajo y la voz, Brian Downey en la batería, y la dupla de guitarras de Scott Gorham (californiano) y Brian Robertson (escocés), inventores de ese sonido de guitarras gemelas armonizadas que después medio mundo copiaría, de Iron Maiden a Metallica.

De qué habla realmente la canción

En la superficie, la historia es sencilla y por eso funciona: un narrador anuncia con júbilo que la pandilla de siempre ha vuelto al pueblo. Describe a esos amigos salvajes pero entrañables —tipos que no han cambiado nada, y que tampoco queremos que cambien—, recuerda anécdotas de noches pasadas, como aquella vez que una mujer despampanante puso en su lugar a uno de los muchachos y todos terminaron rendidos ante ella, y va nombrando los lugares sagrados del ritual: el bar de siempre, la rocola con las canciones de siempre, el verano que se acerca y promete desorden.

Pero debajo de esa fiesta hay capas más interesantes. Primero: la canción está narrada por alguien que se quedó. El narrador no es uno de los que regresan; es el que esperaba el regreso, el que cuenta las hazañas ajenas con orgullo de cronista. Esa elección convierte la canción en algo más melancólico de lo que aparenta: es la voz del pueblo que recupera a sus hijos pródigos, aunque sea por una temporada.

Segundo: ¿quiénes son "los muchachos"? Lynott dio varias versiones a lo largo de los años, y eso es parte del encanto. A veces decía que se inspiró en la Quality Street Gang, una pandilla de Manchester ligada a los círculos donde se movía la familia de su mánager. Otras veces apuntaba a los soldados que volvían de Vietnam, una lectura que en 1976 tenía un peso enorme en Estados Unidos. Y otras, simplemente, a sus cuates de Dublín. Se dice incluso que un borrador temprano se llamaba de otra forma y hablaba de chicos de barrios bajos. La verdad probable es que son todos a la vez: Lynott escribió un molde universal del reencuentro, y cada quien mete ahí a su propia pandilla.

Tercero, y esto es lo que la salva de ser simple machismo setentero: hay nostalgia anticipada en cada verso. La canción celebra el presente con tanta fuerza precisamente porque sabe que es temporal. Los muchachos volvieron, sí, pero eso implica que se habían ido y que se volverán a ir. Es la fotografía de una noche perfecta tomada por alguien que ya intuye que esas noches se acaban. Quien haya vuelto a su pueblo en diciembre, después de años trabajando en otra ciudad o en otro país, y haya sentido esa euforia agridulce de la primera noche con los amigos de la infancia, entiende esta canción a un nivel que ningún crítico de rock puede explicar mejor.

Y musicalmente, el truco está en la arquitectura: el verso camina con un groove casi funky —Lynott era un bajista con alma de soul, fanático de Van Morrison y del R&B—, y entonces el coro explota con esas guitarras gemelas que suben en terceras como una sección de metales de mariachi electrificado. Esa fanfarria de guitarras es la sonrisa de la canción; es el momento en que se abre la puerta de la cantina y entra la pandilla completa.

Dublín, los muros del rock y un legado de bronce

El impacto cultural de la canción fue inmediato y duradero. Jailbreak se volvió disco de platino en Estados Unidos, Thin Lizzy pasó de teloneros a cabezas de cartel, y el sonido de guitarras armonizadas se volvió gramática básica del hard rock y del heavy metal. Pregúntenle a Iron Maiden, a Def Leppard, a Metallica —que ha versionado a Thin Lizzy con devoción— o a los Foo Fighters de dónde sacaron media caja de herramientas.

Para Irlanda, la canción es otra cosa: es patrimonio. Phil Lynott fue la primera gran estrella de rock irlandesa, el que abrió la puerta por la que después pasaron U2, Sinéad O'Connor y The Cranberries. Hoy hay una estatua de bronce de Lynott en Harry Street, en pleno centro de Dublín, a unos pasos del pub Bruxelles donde paraba la banda. Los fans le dejan plumillas de guitarra entre los dedos de bronce. Murió en enero de 1986, a los 36 años, por complicaciones derivadas de su adicción a la heroína, y Dublín lo llora y lo celebra desde entonces como México llora y celebra a sus ídolos que se fueron temprano. Hay algo profundamente latinoamericano en cómo Irlanda mitifica a Lynott: el genio carismático, el final trágico, la estatua, las peregrinaciones, el aniversario luctuoso convertido en fiesta.

En América Latina la canción llegó por las vías clásicas: la radio de rock, las películas de Hollywood —suena en una cantidad absurda de comedias y dramas de reencuentros, de Toy Story en su versión animada del trailer a series y anuncios deportivos— y, sobre todo, los estadios. Es música de apertura de partido, de regreso de un equipo a primera división, de festejo de campeonato. En México, donde la cultura del reencuentro de la pandilla —la peda con los amigos de la prepa, el regreso al pueblo en fiestas patronales, el migrante que vuelve en diciembre— es prácticamente un género de vida, la canción no necesita traducción.

Por qué sigue sonando como si fuera nueva

Hay canciones que envejecen y canciones que esperan. Esta es de las segundas, porque su tema es un ciclo humano que nunca se detiene: la diáspora y el retorno. Cada generación produce gente que se va —a estudiar, a trabajar, a buscarse la vida al otro lado— y cada temporada de fiestas produce regresos. Mientras exista alguien que cruce una frontera o una ciudad para volver a su mesa de siempre, esta canción tendrá trabajo.

También sobrevive porque es honesta en su alegría. No hay ironía, no hay distancia cool, no hay cinismo: es júbilo puro con guitarras. En una época saturada de música que se observa a sí misma, una canción que simplemente celebra estar vivo y acompañado se siente casi radical. Y debajo del júbilo, como ya vimos, late la conciencia de la pérdida: Lynott, que murió joven, le canta sin saberlo a todos los amigos que ya no vuelven al pueblo. Cuando hoy suena en una bocina y alguien levanta su cerveza por los que no están, la canción completa su círculo.

Hay un detalle final que la hace aún más conmovedora en retrospectiva: la banda que cantaba sobre la pandilla invencible se desintegró por las mismas cosas que celebraba —el exceso, la noche sin freno, la vida al límite. Brian Robertson se lastimó una mano en una pelea de bar poco después; Lynott no llegó a los cuarenta. "The Boys Are Back in Town" es el momento exacto en que la fiesta todavía es solo fiesta, congelado para siempre en cuatro minutos y medio. Por eso emociona: porque todos hemos vivido esa noche, y todos sabemos que no dura.


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