SONGFABLE · 1978

September

EARTH WIND & FIRE · 1978 · LOS ANGELES, USA

September - Earth Wind & Fire (1978)

"September" nació en un estudio de Hollywood casi por accidente, como un puente entre el funk, el soul y la euforia colectiva del final de los setenta. Maurice White y Allee Willis discutieron durante semanas sobre una sílaba sin sentido que terminó volviéndose universal. Hoy, casi medio siglo después, sigue funcionando como un código secreto para la alegría compartida.

El acorde que se negó a envejecer

Hay canciones que envejecen como el vino, otras como la leche, y luego están las que parecen haber sido escritas en una dimensión donde el tiempo no aplica. "September" pertenece a esta última y peculiar categoría. Suena igual de fresca en una boda en Guadalajara en 2024 que en una pista de patinaje sobre ruedas en Long Beach en 1978. Cuatro décadas y media después de su lanzamiento, sigue apareciendo en bandas sonoras de películas de Marvel, en anuncios de Apple, en remixes de TikTok y, sobre todo, en ese momento de cualquier fiesta en el que alguien decide que ya es hora de bailar.

Lo curioso es que la canción jamás fue concebida como un himno. Fue, más bien, una conversación entre dos personas que casi no podían entenderse, una negociación entre la espontaneidad del groove y la lógica del oficio. Y de esa fricción nació algo que, paradójicamente, suena como pura libertad.

El choque creativo en el estudio

Para entender "September" hay que volver a Hollywood, finales de 1978. Earth, Wind & Fire estaba en la cumbre. All 'N All (1977) había vendido millones, los conciertos eran espectáculos faraónicos con pirámides flotantes y trucos diseñados por Doug Henning, y Maurice White —líder, baterista, productor, místico— estaba grabando un disco recopilatorio titulado The Best of Earth, Wind & Fire, Vol. 1. Necesitaban un tema nuevo, fresco, que justificara la compra de un álbum lleno de canciones que la gente ya tenía. La presión comercial era enorme.

White convocó a una compositora joven que apenas había escrito un par de éxitos: Allee Willis. Cuando Willis llegó al estudio en el primer día, escuchó por accidente al grupo trabajando un riff de guitarra que Al McKay había inventado prácticamente jugando. Willis describió ese momento como el más feliz de su vida musical: supo de inmediato que estaba frente a algo que cambiaría su carrera. Lo que no sabía era que iba a pasarse los siguientes días peleando con Maurice White por una palabra inexistente.

White cantaba una sílaba que sonaba como un sonsonete vocal, algo así como una onomatopeya tropical, justo después de la pregunta inicial sobre una noche específica. Willis, formada en la escuela clásica de composición pop —donde cada palabra debe llevar peso narrativo—, insistía en que aquello no significaba nada y, por tanto, debía cambiarse. White se negó. La sílaba se quedaba. Era, según él, lo que la canción pedía. Willis cedió, y años después confesó que aprendió ese día la lección más importante de su oficio: a veces el groove sabe más que la letra.

La fecha que nadie ha podido descifrar

La canción comienza con una pregunta directa: si alguien recuerda una noche concreta de septiembre. Esa fecha —el día veintiuno— se ha convertido en uno de los pequeños misterios del pop. Cada año, cuando llega ese día, las redes sociales se llenan de memes, GIFs, hilos en X y stories en Instagram celebrando un evento que, en realidad, nunca ocurrió.

Allee Willis explicó en varias entrevistas que la fecha se eligió por puro criterio fonético. Probaron con varios números, los cantaron en voz alta, y el "twenty-first" sonaba mejor que cualquier otro. No hubo aniversario, no hubo concierto histórico, no hubo amor de juventud. Solo una decisión basada en cómo se sentía la palabra en la boca y cómo encajaba con la métrica del compás. Maurice White murió en 2016 sin desmentir ni confirmar esta versión, y Willis falleció en 2019, dejando la fecha como una especie de monumento accidental.

Esa arbitrariedad es, paradójicamente, parte de su magia. La canción no celebra un recuerdo específico: celebra la idea misma de recordar, el ritual humano de fijar momentos felices en un calendario emocional. Cualquiera puede proyectar su propia historia sobre ese veintiuno de septiembre.

El significado real bajo la euforia

Si uno escucha "September" sin prestar demasiada atención, podría pensar que es una canción de fiesta vacía. Pero Earth, Wind & Fire jamás hacía música vacía. Maurice White era un practicante serio de filosofías esotéricas: estudió astrología egipcia, leía a Edgar Cayce, se interesaba por la Kabbalah, y diseñaba los álbumes de la banda como pequeños sistemas espirituales. Cada disco tenía iconografía con pirámides, ojos de Horus, símbolos zodiacales. El nombre mismo de la banda venía de su carta natal: tres de los cuatro elementos clásicos, omitiendo el agua porque no aparecía en su nacimiento.

En ese contexto, "September" funciona como un himno a la memoria como acto sagrado. La letra repite, una y otra vez, la idea de que el corazón está sonando, de que las nubes se han ido, de que hay un golpeteo rítmico que une a quienes bailan. Es una invitación a la trascendencia mundana: bailar como forma de oración, recordar como forma de gratitud. Allee Willis, en una entrevista con la NPR, dijo que la canción era esencialmente sobre "la alegría sin razón", esa categoría emocional rara que no necesita justificación.

Y luego está esa palabra clave —ese sonsonete vocal que Willis quería borrar y White defendió a muerte— que en realidad es la pieza central del puzzle. Es la parte donde el lenguaje se rinde, donde el cerebro se desconecta y el cuerpo toma el mando. En la tradición del soul y el góspel —del que Maurice White venía, habiendo trabajado de joven con Ramsey Lewis y siendo miembro de la primera banda de Sly Stone— ese momento se llama el "shout": el instante en que la palabra deja de bastar y la música se convierte en pura presencia.

Lo que dice sobre el final de los setenta

"September" llegó al mundo en noviembre de 1978, justo cuando el disco estaba a punto de implosionar. El verano de 1979 vería la "Disco Demolition Night" en Chicago, ese acto de violencia cultural disfrazado de evento deportivo que marcó el principio del fin para todo un género. Pero Earth, Wind & Fire siempre estuvo en un terreno híbrido: demasiado funk para los puristas del disco, demasiado pop para los puristas del jazz, demasiado espiritual para la fiesta y demasiado fiesta para los templos.

Ese mestizaje los salvó. Mientras Donna Summer y los Bee Gees veían cómo sus discos se hundían en las cifras de ventas en 1980, Earth, Wind & Fire siguió sacando éxitos. "September" se convirtió en su carta de inmortalidad: una canción que ya no pertenecía a ninguna escena específica porque pertenecía a todas.

Vale la pena recordar también el contexto político. 1978 era el final del primer mandato de Jimmy Carter, la crisis del petróleo aún resonaba, y la comunidad afroamericana en Estados Unidos vivía un momento de afirmación cultural pero también de incertidumbre económica. Las grandes bandas negras de la época —Parliament, Funkadelic, Kool & the Gang, EW&F— ofrecían un espacio de utopía musical, un lugar donde la dignidad y el placer coexistían sin pedir permiso. "September" es, en ese sentido, también un acto político: una afirmación de que la alegría negra es un derecho y un legado.

Por qué resuena en el mundo hispanohablante

En América Latina y España, "September" tiene una vida paralela fascinante. No fue un hit masivo en su lanzamiento original —el rock en español apenas estaba naciendo, y las radios de la región dependían más de las baladas y del pop melódico—, pero se fue colando lentamente a través de las películas de Hollywood, los bailes de quinceañera, las bodas, los gimnasios y, más recientemente, las redes sociales.

Hoy es virtualmente imposible asistir a una fiesta familiar en Ciudad de México, Buenos Aires, Madrid o Bogotá sin que suene esa progresión de acordes inolvidable. Los grandes festivales del continente la han adoptado: ha aparecido en versiones improvisadas durante shows de Maná en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, ha sido sampleada por DJs en Luna Park de Buenos Aires, y los músicos del rock en español la citan abiertamente como influencia. Café Tacvba, en particular, ha hablado en entrevistas de cómo el funk de Earth, Wind & Fire formó parte del paisaje sonoro que les enseñó que la música popular podía ser sofisticada y bailable al mismo tiempo. Soda Stereo, en su madurez, exploró texturas similares: pensemos en la producción de Canción Animal o en el groove de Dynamo, donde la influencia del funk filtrado por el new wave es evidente.

En Madrid, las salas como el Wizink Center o la Riviera siguen siendo escenarios donde "September" funciona como cierre garantizado de cualquier set de versiones. En el Festival Vive Latino, el tema ha aparecido en covers de bandas tributo. Es, en muchos sentidos, una canción que pertenece más al inconsciente colectivo hispano de lo que su origen estadounidense sugeriría.

Por qué sigue funcionando hoy

Hay una teoría musicológica simple sobre la longevidad de "September": su progresión de acordes está construida sobre la cadencia más placentera del pop occidental. Los acordes mayores con séptima crean una sensación de suspensión continua, de "casi resuelto" que el cerebro humano experimenta como esperanza inminente. Es, técnicamente hablando, una droga.

Pero hay algo más profundo. En una era en la que la música pop es cada vez más fragmentada, algorítmica, segmentada por nicho y por generación, "September" sigue siendo uno de los pocos territorios comunes que quedan. Funciona para una abuela y para un nieto, para un fanático del reggaetón y para un purista del jazz, para un boomer en Sevilla y para un adolescente en Monterrey. Esa universalidad es, hoy, casi un acto de resistencia cultural.

Además, en tiempos de ansiedad climática, polarización política y fatiga digital, una canción que celebra la alegría sin pedir disculpas es prácticamente un manifiesto. No hay ironía en "September". No hay distancia posmoderna. No hay guiños cínicos. Solo cuerpos en movimiento, voces en armonía, y la confianza de que el placer compartido todavía vale la pena.

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