SONGFABLE · 1970

Black Magic Woman

SANTANA · 1970

TL;DR: "Black Magic Woman" no es realmente una canción de Santana, ¿sabías? La escribió Peter Green de Fleetwood Mac en 1968, pero fue Carlos Santana quien la transformó en 1970 en ese ritual hipnótico que todos conocemos, fusionándola con "Gypsy Queen" del húngaro Gábor Szabó. Tres canciones, tres continentes, una sola plegaria eléctrica. Y debajo de la guitarra está la conga afrocubana, que es lo que la hace bailar en español incluso cuando canta en inglés.

Hay tardes en que uno pone el disco Abraxas y, ya sabes, no importa cuántas veces lo hayas escuchado antes — esos primeros segundos siguen sonando como si alguien acabara de encender una vela en una habitación oscura. La aguja cae, y aparece esa guitarra que parece quejarse antes de cantar. Creo que es una de las pocas grabaciones de los setenta que todavía respira. No suena vieja. Suena lenta, que es otra cosa.

Y aquí va lo curioso: mucha gente piensa que "Black Magic Woman" es una canción mexicana, o por lo menos latinoamericana de origen. Tiene sentido pensarlo — Carlos es de Autlán de Navarro, Jalisco, las congas suenan a Tito Puente, el solo se siente como un bolero eléctrico. Pero la historia real es más extraña, y creo que más bonita.

El origen: un inglés triste y un húngaro errante

La canción la escribió Peter Green en 1968, cuando todavía lideraba Fleetwood Mac — sí, la Fleetwood Mac antes de Stevie Nicks, antes de Rumours, cuando eran una banda de blues británico con un guitarrista que muchos consideraban superior a Eric Clapton. ¿Has escuchado la versión original? Es más lenta, más oscura, con menos percusión. Suena a un pub de Londres a las dos de la mañana, con la lluvia cayendo afuera.

Peter Green la grabó pensando en B.B. King y en las mujeres que aparecen en el blues del Delta — esa figura ambigua de la "mujer hechicera" que es tanto amante como castigo. Es un tópico antiguo, casi medieval. Y Green, que era un hombre profundamente atormentado (terminó dejando la música por décadas debido a problemas de salud mental), le dio una melodía que es básicamente una confesión de impotencia ante el deseo.

Lo que hizo Carlos Santana en 1970 fue otra cosa. Tomó esa canción inglesa, la unió con "Gypsy Queen" — una pieza instrumental del guitarrista húngaro Gábor Szabó, publicada en 1966 — y las cocinó juntas con percusión afrocubana, organo Hammond y esa guitarra que ya nadie sabe imitar bien. Tres tradiciones: blues británico, jazz gitano húngaro, ritmo afrocaribeño. Es, sin exagerar, uno de los primeros ejemplos de lo que hoy llamamos world music, pero hecho sin pretensión, casi por accidente.

Lo que pasaba en el estudio

Abraxas se grabó en abril y mayo de 1970 en Wally Heider Studios, San Francisco. Carlos tenía 22 años. Piensa en eso un momento — 22 años, un disco que se escucha medio siglo después en cafés de Bogotá, en taxis de Buenos Aires, en bodas en Guadalajara. No creo que él supiera que estaba haciendo algo eterno. La gente joven nunca lo sabe, y quizás está bien que sea así.

La banda en ese momento era un experimento andante: Gregg Rolie en el teclado y la voz, José "Chepito" Areas en timbales (un nicaragüense que había tocado salsa en Nueva York), Michael Shrieve en la batería (apenas 20 años, pero ya con esa cabeza de jazzista), Mike Carabello en congas, David Brown en el bajo. Cinco norteamericanos, un mexicano, un nicaragüense. La canción tiene esa textura porque la tocaron personas que venían de mundos distintos sin saber que estaban inventando algo.

El productor fue Fred Catero, y el ingeniero, si no recuerdo mal, fue el mismo Catero junto con David Brown. Lo que hicieron — y esto es lo que siempre les digo a los chavos que vienen a preguntar por discos — fue dejar respirar el sonido. Hay aire entre los instrumentos. Hoy en día todo se mezcla apretado, comprimido, sin espacio. Abraxas tiene espacio. Por eso envejece bien.

El significado real, debajo de la letra

Si paras a pensarlo, la canción no habla de magia negra en el sentido literal. Habla de esa sensación — creo que todos la hemos tenido alguna vez — de estar atrapado por alguien que sabes que no te conviene, pero a quien no puedes dejar de buscar. El narrador se siente embrujado. Pierde el control. Le pide a la mujer que lo libere, sabiendo perfectamente que no va a hacerlo. Es un blues clásico en ese sentido: la queja del que sabe que está perdido y aun así sigue caminando.

Pero lo que Santana le añadió con la percusión cambió el sentido. En la versión de Peter Green, el personaje sufre. En la versión de Santana, el personaje baila su sufrimiento. Y esa es, creo yo, una de las grandes diferencias entre el blues anglosajón y la música latina: el dolor no se queda quieto. El dolor se mueve. El dolor sale a la pista. ¿Me explico?

Esto conecta directamente con una tradición que va desde el bolero de Agustín Lara hasta la salsa de Héctor Lavoe — la idea de que el desamor se canta con ritmo, no a pesar del ritmo, sino gracias a él. Cuando Carlos toca ese solo, no está llorando. Está convirtiendo el llanto en algo que puedes mover con las caderas. Eso es muy nuestro, ¿no crees?

Por qué la canción nos pertenece, aunque no la escribimos

Para el oyente hispanohablante, "Black Magic Woman" siempre ha tenido un sabor familiar incluso sin entender la letra. Y hay razones musicales concretas. La base rítmica es una clave de son cubano disfrazada. Las congas de Carabello dialogan con los timbales de Chepito Areas en una conversación que cualquiera que haya escuchado a Tito Puente o a Eddie Palmieri reconoce de inmediato. La estructura armónica es blues, pero el cuerpo es Caribe.

Por eso, cuando Maná tocó por primera vez en el Auditorio Nacional de Ciudad de México con esa fusión de rock y ritmos latinos, había una línea directa a lo que Santana hizo en 1970. Cuando Café Tacvba — o Café Tacuba, según prefieras — empezó a mezclar son jarocho con rock progresivo, también estaba caminando un sendero que Carlos había abierto. Soda Stereo, en Argentina, lo entendía perfectamente: Cerati hablaba a menudo de cómo el rock en español tenía que cargar su geografía, no esconderla.

Y Héroes del Silencio en España, con esa épica oscura de Enrique Bunbury, también compartían algo del espíritu trance de "Black Magic Woman" — esa idea de que la guitarra puede ser un instrumento de invocación, no solo de entretenimiento. Bunbury tocó con Santana en alguna gala benéfica, no recuerdo el año exacto, pero el encuentro tenía sentido. Eran del mismo linaje espiritual.

En el rock latino contemporáneo, escucha a Cuca, a El Tri de Alex Lora, a Los Auténticos Decadentes en sus momentos más jazzeros — todos tienen una deuda con Abraxas. Y para los más jóvenes, fíjate en cómo C. Tangana en El Madrileño recupera el bolero y el flamenco con esa misma actitud de no pedir permiso. Carlos hizo eso primero, con una Stratocaster y un par de congas.

Por qué resuena hoy

Vivimos en una época en que la música se consume en fragmentos. Quince segundos en TikTok, treinta en un anuncio, un minuto y medio si tienes suerte en Spotify antes de que el algoritmo te empuje hacia otra cosa. "Black Magic Woman / Gypsy Queen" dura más de cinco minutos en Abraxas. Cinco minutos en los que no pasa "nada" en el sentido moderno — no hay drop, no hay gancho viral, no hay coreografía. Solo una banda tocando con paciencia.

Y creo que eso es justamente por lo que vuelve. La gente está cansada. Los chavos también, aunque no siempre lo digan. Hay una hambre de música que respire, que tenga aire, que no te apure. He visto en mi café — bueno, en cualquier café decente con vinilos — cómo entran chicos de veinte años que nunca escucharon a Santana, ponen Abraxas en el tornamesa, y se quedan callados. No miran el teléfono. Se quedan ahí. Eso ya no pasa con casi ninguna música nueva. Algo tiene esa grabación.

También hay algo más profundo. En tiempos de identidad fragmentada, una canción que mezcla tres tradiciones sin pedir disculpas — inglesa, húngara, afrocubana — nos recuerda que las raíces no son una jaula. Carlos nunca dejó de ser mexicano, pero tampoco se quedó en Jalisco. Cruzó la frontera a Tijuana de niño, a San Francisco de adolescente, y desde ahí abrazó al mundo entero sin perder el acento. Para cualquier latinoamericano o español que viva entre culturas — y hoy somos millones — esa es una lección importante.

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